La contrición de Homero Simpson

Ciudad de México /

Homero Simpson no apretará más del cuello a Bart, ha anunciado él mismo en un reciente episodio de Los Simpson. En una visita a un vecino nuevo que comenta sobre la firmeza de su apretón de manos, Homero le dice a Marge: “¿Ves, Marge?, estrangular al chico ha pagado”, para rápidamente añadir: “Estoy bromeando. Ya no hago eso. Los tiempos han cambiado”. En varios artículos al respecto se destacan reacciones en redes sociales, con comentarios como “Le tomó 36 años, pero finalmente aprendió”, “Qué bueno saber que Homero finalmente se dio cuenta de lo equivocado que estaba”, o “Era un chiste, pero ahora me siento como si todo este tiempo hubiera visto a Homero abusar de su hijo”.

Más allá de posicionarse a favor o en contra de un hecho que, por nimio que parezca, acarrea toda una serie de implicaciones culturales en relación con el humor y la percepción de la realidad, creo que lo interesante es analizar dichas implicaciones, y lo que dicen de los cambios culturales de nuestra época. Mismos que se encuentran detrás de la decisión de cambiar el tono humorístico del programa más icónico de televisión de las últimas décadas.

La primera asociación obvia tiene que ver con la percepción del fin del humor en aras de dar primacía a la sensibilidad. Sin embargo, la gran importancia cultural de los memes, por dar un ejemplo, es muestra de que el humor (auto)paródico y (auto)denigrante sigue siendo fundamental. Así que aquí se trata más bien de una cierta percepción causal entre humor y realidad, o entre ficción y realidad, donde el bombardeo y la inmersión absoluta en la realidad hace cada vez más difícil distinguir entre ambas cosas. Si uno lee los comentarios, parecería que se está hablando de una persona que toma decisiones conscientes, que todos estos años abusó violentamente de su hijo, y que finalmente reflexiona que es incorrecto seguirlo haciendo. Cuando precisamente el pacto fundamental del humor, y en general de la ficción, es la “suspensión de la incredulidad” que permite que nos riamos o emocionemos o lloremos con algo que técnicamente sabemos que en la realidad no está ocurriendo. Pues si como ha dicho Calasso, leyéramos Crimen y castigo como un manual para asesinar viejecitas, obviamente que su disfrute nos convertiría por extensión en alguna especie de monstruos que disfrutan con el sufrimiento ajeno, o algo así.

Y otra implicación notable es la idea un tanto ingenua, quizá por no decir hipócrita, de que si en los dibujos animados, obras literarias, series de televisión, etcétera, se lograra crear una especie de mundo aséptico y sin ningún tipo de violencia, discriminación, lenguaje obsceno, etcétera, ello se trasladaría de alguna manera al mundo real. Es decir, que se invertiría la causalidad donde es la realidad la que nutre de elementos a la ficción, para pensar que los mundos de fantasía tendrían la capacidad de producir una realidad que se ajuste a esos mundos de fantasía. Y ello en una sociedad como la gringa, donde en promedio hay dos tiroteos indiscriminados al día, que prácticamente siempre está inmersa en varias guerras y todo lo que ya sabemos sobre la ultraviolencia ontológica de la sociedad estadunidense. Pero si uno se ofende por la patanería de Homero Simpson, y este “recapacita”, es posible hacer la vista gorda ante lo otro, porque al menos en Los Simpson el mundo funciona como quisiera la actual oleada de adicción a la ofensa, y quizá de esa forma ya no haya que preocuparse por hacer algo para incidir positivamente en el mundo real..


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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