La guerra interminable

Ciudad de México /

Uno de los rasgos más característicos de la sociedad distópica que Orwell delineó en su novela Mil novecientos ochenta y cuatro es la guerra continua contra un enemigo cambiante, con fines tan difusos que parecen más bien encaminarse al hecho de estar siempre en guerra, con el estado de excepción y de histeria bélica perpetua que va implicado en ello. Las telepantallas instaladas en cada hogar y oficina pública cada tanto irrumpen en un anuncio precedido por música marcial donde se comunican a la población las más recientes noticias del frente, consistentes siempre ya sea en heroicas victorias o en patrióticas bajas, todo siempre supeditado a la victoria final sobre el enemigo malvado, misma que por definición nunca llega, pues el objetivo no es el de ganar la guerra autofabricada sino estar siempre en guerra, con todo lo que ello implica, principalmente en cuanto a la psique de los ciudadanos que viven bajo el benevolente mandato del Gran Hermano. 

El estado de guerra perpetua es no solo considerado lo normal, sino lo deseable, enarbolado paradójicamente en nombre del bienestar que busca procurar el Gran Hermano a una población que en los hechos vive cada día bajo condiciones más precarias y miserables, y más paradójicamente, enarbolado también en nombre de la propia paz: “Una paz que fuera realmente permanente sería lo mismo que la guerra permanente. Esto —aunque la mayoría de los miembros del Partido lo entienden tan solo en un sentido superficial— es el significado real del eslogan del Partido: ‘La guerra es la paz’”.

¿Qué tendría de pacífica una guerra permanente en la sociedad distópica imaginada por Orwell?

Que en su novela el combate se libra siempre fuera, contra un enemigo malvado que quiere destruir a Oceanía, contra el cual no hay tregua posible (aunque va cambiando el nombre del enemigo según la narrativa geopolítica en turno que postule el Partido), pues se postula frente a los ciudadanos que la propia existencia está siempre amenazada por dicho enemigo, lo cual justifica que para poder tener paz hay que estar en una guerra perpetua, misma que por todo esto y por definición, jamás puede ser ganada, pues además no es este el objetivo principal, sino más bien su existencia misma, con todo lo que trae aparejado.

Pues el otro gran objetivo es el de inducir un estado de histeria bélica constante que se traduzca en un patriotismo sin reservas y adhesión al líder que dirige la guerra contra el enemigo que se propone aniquilarlos. Para ello se practica el famoso concepto del doblepensar, consistente en “la capacidad de sostener dos creencias contradictorias de manera simultánea y aceptar ambas”. Lo que se traduce en todo un aparato de propaganda continuo que apoya y alaba las acciones bélicas justificadas por la figura del Gran Hermano, donde se obvian las mentiras y contradicciones para encajarlo todo en el gran discurso de lucha entre bien y mal que hace necesaria la guerra perpetua: “Apenas necesita decirse que los más sutiles practicantes del doblepensar son aquellos que inventaron el doblepensar, quienes saben que es un vasto sistema de deshonestidad mental. En nuestra sociedad, quienes tienen mejor conocimiento de lo que ocurre son quienes están más alejados de ver el mundo como es. En general, entre mayor la comprensión, mayor el engaño: entre más inteligentes, menos sanos. Una clara muestra de esto consiste en que la histeria bélica se incrementa conforme se asciende en la escala social”.

Quién le habría dicho a Orwell que más que una fábula distópica, escribía una crónica casi periodística de la principal potencia mundial, a casi ochenta años de haberse publicado por vez primera.


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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