La semana pasada se produjeron un par de controversias en el mundo literario, relacionadas con la inteligencia artificial. En la más sonada, la premio Nobel Olga Tokarczuk declaró en un evento en Polonia que la utilizaba para investigar por ejemplo qué canciones escucharían sus protagonistas en un baile y afirmó: “A menudo le pregunto a la máquina, ¿cariño, cómo podríamos desarrollar esto de manera hermosa? (…) Tengo que decir que para la ficción literaria esta tecnología representa una ventaja de proporciones increíbles”. Y posteriormente añadió que el libro en el que trabaja actualmente sería su último, pues a su parecer los lectores ya no están interesados en leer ficciones literarias complejas.
Tras la esperada controversia, Tokarczuk publicó vía su editorial americana un comunicado donde afirmaba que sus declaraciones habían sido malinterpretadas, que únicamente utilizaba la inteligencia artificial como herramienta de investigación, como había hecho durante décadas consultando bibliotecas y archivos, y con un dejo de sarcasmo cerró diciendo que también en ocasiones la inspiraban sus sueños, pero que antes de que fuera atacada por expertos quería aclarar que eran sus propios sueños.
Y por otro lado hubo otra controversia, pues se sospecha que uno de los cuentos finalistas del premio Commonwealth, que publica en su página web la prestigiosa revista Granta, fue escrito con inteligencia artificial, aunque esto no ha podido comprobarse de manera definitiva. Razón por la cual la revista publicó un comunicado deslindándose del proceso de selección de finalistas, y señalando que en tanto no se comprobara la acusación, mantendría el cuento en cuestión en su página web.
Si bien en otros campos de la actividad económica las transformaciones y amenazas que supone la inteligencia artificial son probablemente innegables, principalmente para la viabilidad de muchos empleos, me parece que en este caso resultan un tanto exageradas las polémicas, y quizá sean más señal de la ansiedad generalizada que genera (con toda razón) la inteligencia artificial. En el caso de Tokarczuk, evidentemente ha escrito innumerables libros magníficos mucho antes del advenimiento de la inteligencia artificial, y la utilización de una herramienta de investigación que en ese sentido tampoco difiere tanto como tal del internet, no parecería ser grave en ningún sentido. Quizá más preocupante es su punto de vista de que los lectores ya no están interesados en ficciones literarias complejas, asunto similar a lo que se ha planteado en otros ámbitos como el cinematográfico, en lo relativo a las exigencias de las plataformas de que las historias sean simples, reiterativas y espectaculares. Y esto no parecería tener que ver estrictamente con la inteligencia artificial, sino más con el interés de recibir pequeñas dosis de gratificaciones instantáneas a partir de historias efectistas que provoquen emociones intensas sin mayor complejidad ni sutilezas.
Y en el caso del premio Commonwealth, si bien es por supuesto alarmante que se sospeche que una obra premiada haya sido escrita por una inteligencia artificial, tampoco sería el primer caso sonado de plagio, aunque ciertamente añade una nueva variable para las formas de llevarlo a cabo, así como la ironía de que la forma en que se está procurando detectar si en efecto fue escrito por una inteligencia artificial es preguntándole al respecto a modelos de inteligencia artificial.
Al menos de momento, no parecería aún probable que la IA vaya a poder escribir grandes obras literarias, por lo que incluso quizá termina elevando más por contraste aquellas obras no estandarizadas y escritas según principios cibernéticos, con lo cual termina por ser un elemento diferenciador más de la literatura de calidad.