La red del espectáculo

México /

Hace unos días, durante la presentación de su libro Permanente obra negra, Vivian Abenshushan recibió una pregunta del público sobre las redes sociales y su papel en la producción semántica en la actualidad. Entre otras cosas, su respuesta consistió en que un rasgo paradójico de ello consistía en que cada aportación que realizamos a esa producción de sentido colectivo tiene un correlato monetario para las megaempresas que hacen posibles las plataformas. Es decir que todos los días obramos como negros literarios sin sueldo, acumulando otro tanto de capital simbólico que terminan monetizando los gigantes tecnológicos que, para bien o para mal, hoy establecen varios de los parámetros incluso políticos bajo los que transcurre la existencia. 

Poco después, mientras leía el genial Rastros de carmín, de Greil Marcus, en un pasaje sobre Debord y la sociedad del espectáculo, el autor afirmaba que la pasividad del espectador era “simultáneamente el medio y el fin de un gran proyecto secreto, un proyecto de control social” pues “la hegemonía del espectáculo naturalmente producía espectadores, y no actores”. Veinte años después, es por supuesto una obviedad concluir que el interminable bombardeo televisivo, publicitario, noticioso, deportivo, correlativo a la sociedad del espectáculo, produjo en términos políticos un efecto de adormecimiento.

En cambio, el caso de las redes sociales parecería más complejo, acaso porque es más reciente y todavía no se alcanzan a comprender bien sus alcances. Claramente, como usuarios desempeñamos un papel mucho menos pasivo que el de espectadores, lo cual ha llevado a muchísima gente a ensalzar el potencial incluso revolucionario de las redes, y abundan ejemplos de movimientos, como la Primavera Árabe, que de otra forma no se hubieran producido.

Sin embargo, un evidente contraargumento surge al considerar que, sin la ayuda que le representaron Facebok y Twitter, probablemente Donald Trump no sería hoy presidente.

Más allá de lo anterior, quizá lo crucial sería dilucidar si en ese proceso de acumulación de capital a través de la actividad como usuarios, no hemos caído inadvertidamente en una nueva trampa hegemónica como la que señala Marcus. Posiblemente, el espectáculo consistente en la denuncia, indignación y expresión del ultraje incesante produzca en el fondo el mismo efecto de quietud política real que en su momento se le achacó a la televisión, mientras cada cual vive satisfecho su fantasía de radicalidad y lucha antisistema. En ese caso, como recuerdan de distintas formas Abenshushan y Marcus, harían falta a nivel masivo los equivalentes contemporáneos de lo que en su primer momento efímero representó el punk. 

  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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