La sociedad del disparate

Ciudad de México /

La semana pasada circularon videos y muchos memes geniales sobre el fenómeno de los therians, personas en su mayoría jóvenes que se identifican con algún animal y de alguna manera consideran pertenecer a su género. En particular tuvo mucha atención el video de un chico joven en Argentina disfrazado con máscara y cola de zorro, que declaraba en una entrevista precisamente considerarse un zorro, y que aparecía en los videos saltando y retozando como tal. Si se mira con atención esto generaría algunas preguntas sobre la esencia de los animales, y si disfrazarse de uno lo convierte en uno, es decir si la máscara hace al zorro, o si es más bien un fenómeno de antropomorfización de los animales, llevándolos nuevamente al terreno de lo humano. Pues quizá la verdadera admiración sería reconocerlos en su inmensa sofisticación, y no reducirlos a un disfraz que supuestamente ya por el mero hecho de portarlo y dar de brincos lo emparentaría a uno con ellos.

Como ha señalado mucha gente, esto coincidió con la brutal propuesta de reforma laboral del gobierno argentino, que bajo el ya conocido eufemismo de “flexibilizar” el mercado laboral facilita y abarata los despidos, con lo cual parecería que la viralización del tema de los therians pudiera funcionar como distractor o cortina de humo para desviar la atención de la dura reforma laboral, que de aprobarse tendría consecuencias muy reales para millones de trabajadores en Argentina.

De manera casi simultánea, en Estados Unidos se preparaba la decisión de la Suprema Corte sobre una de las políticas insignia de su actual gobierno, los aranceles al comercio exterior, punta de lanza de la política de “America First”, e instrumento con el que su presidente ha amenazado y chantajeado países a diestra y siniestra (que, por cierto, un estudio de The Wall Street Journal afirma que en última instancia los aranceles son pagados hasta en un 90 por ciento por los consumidores estadunidenses). Y en la víspera del anuncio el presidente publicó un posteo en sus redes sociales donde comunicaba que debido al gran interés daría la orden al secretario de Guerra de “comenzar el proceso de identificar y hacer públicos los archivos del gobierno relacionados con aliens y la vida extraterrestre, fenómenos aéreos no identificados, objetos voladores no identificados y toda la demás información vinculada con estos altamente complejos pero en extremo interesantes e importantes asuntos. ¡Dios bendiga a Estados Unidos!”

Es decir que antes de una de las decisiones más importantes en lo relativo a una de sus políticas insignia, el presidente decidió dirigir la atención hacia los aliens y los platillos voladores, insinuando por supuesto que su gobierno tiene información clasificada que estará por hacer pública.

Si Guy Debord habló en los 60 del siglo XX de la “sociedad del espectáculo” pareceríamos haber dado un paso más allá, hacia una suerte de “sociedad del disparate”, donde lo absurdo se utiliza cuidadosamente desde el poder para promover y validar políticas y estrategias bastante bien planificadas en una cierta dirección que, en los dos casos aquí mencionados, tiene bastante de brutal. Donde los líderes-bufones utilizan precisamente la bufonada como máscara (de zorro) para distraer de una realidad en la que por más que la gente se considere un colibrí o espere el advenimiento de los aliens, no se dejan de experimentar los efectos de políticas orientadas a inducir una mayor precariedad y concentración de la riqueza. Y se intuye que si los animales o los aliens tuvieran algo que opinar al respecto, seguramente pedirían ser dejados en paz y no asemejárseles ni mezclárseles en estos turbios asuntos humanos. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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