Por razones bastante naturales, las historias relacionadas con vaticinios y destino —así como con el giro edípico en donde se plantea la cuestión de qué tanto es el conocimiento del propio destino lo que lleva finalmente a cumplirlo— suelen comenzar en el punto en el que la profecía es enunciada. A partir de ahí se abren las distintas posibilidades por las que será verificada, a menudo con la participación inconsciente del protagonista (caso de Edipo), y el final trágico a menudo implica algún giro funesto derivado directamente como conclusión última de las pulsiones del sujeto deseante (ambición, envidia, celos, etcétera). Sin embargo, siempre se podría ir un paso atrás del vaticinio y considerar que los actos que conducen al conocimiento del propio destino forman igualmente parte de la enunciación, no como accidente, sino como continuo con el propio destino revelado. O, para decirlo de otro modo, que el destino se les muestra únicamente a quienes por distintas razones pondrán en marcha lo necesario para verificar la profecía. O, todavía de otro modo más: que la píldora azul de Matrix seguramente era un placebo.
Lo anterior a cuento de la genial La tragedia de Macbeth, adaptación cinematográfica de la obra clásica llevada a cabo por Joel Coen, con Denzel Washington y Frances McDormand en los papeles de la fatídica pareja. Pues si bien como es sabido el comienzo es el vaticinio que hacen las tres brujas a Macbeth y Banquo, de que el primero será rey, pero que la estirpe del segundo gobernará después, se hace posible igualmente una lectura de lo sobrenatural como arquetipo que se verifica principalmente en la mente de Macbeth, con lo cual no son las brujas como tal sino sus propias pulsiones las que originan el sangriento drama, y lo sobrenatural es tan solo una especie de herramienta para cumplir con su destino.
A esta lectura contribuye en mi opinión la estética onírica de la película, filmada en blanco y negro, con recursos de continuidad entre distintas escenas donde una choza de palos se convierte en una sombra del castillo, o la luna se transforma en un rayo de luz que entra también al castillo, con lo cual se produce un efecto alucinatorio, como si cada lugar fuera una cámara de la pesadilla que Macbeth se ha atraído al ascender al trono mediante el asesinato a traición del rey Duncan, de la que ya no podrá salir más que muerto.
Así, la segunda aparición de las brujas, la que termina por sellar el actuar y destino de Macbeth, es una alucinación en toda regla, pues además ya no es él solo un escucha pasivo, sino que sus preguntas atisban su sed de más sangre y destrucción, escalando así el crimen inicial hasta un punto de no retorno. En ese sentido, lady Macbeth también lo supera (como en todo lo demás) con sus monólogos delirantes, pues es como si ella no necesitara de muletillas externas (las brujas) para adentrarse de lleno en la jaula de locura construida por su propia ambición. En cambio Macbeth, incluso en el lance final con el bosque ambulante y con Macduff, se muestra incapaz de siquiera experimentar culpa vía las manchas imaginarias que no se borran de las manos, como sucede con ella, pues como bien muestra el caso de él, una de las principales funciones de la revelación del propio destino por potencias externas es la posibilidad de ni siquiera en la muerte tenerse que hacer cargo de él.
Eduardo Rabasa