Existen numerosas teorías sobre el actual predominio de las emociones en la vida pública, desde los ámbitos políticos y mediáticos de mayor alcance, hasta los millones de expresiones cotidianas en las redes sociales. Sin embargo, parecería que la inmediatez y la preeminencia de lo emocional se producen en buena medida a costa de un empobrecimiento expresivo (el insulto es casi siempre como se manifiesta actualmente la ira; el llanto engloba las distintas capas de la tristeza; y las complejidades de las relaciones humanas se reducen mayormente a unos cuantos adjetivos como tóxico y otros más), con los emojis como símbolo por antonomasia de la capacidad de condensar en una pequeña imagen prefabricada el inmenso abanico de posibilidades emocionales de los seres humanos.
Quizá por ello al leerse en la actualidad el texto clásico de F. Scott Fitzgerald, “The Crack-Up”, donde da cuenta de su proceso de quiebre emocional, espiritual y psicológico con una objetividad y precisión a la par de su talento novelístico, antes que empatía con un alma claramente rota se experimenta extrañeza ante la capacidad de elaborar de manera tan compleja y matizada lo que en el fondo es su propio sufrimiento. Casi como si en realidad fuera una impostura intelectual con menos intensidad que si la comunicara con una frase autocompasiva orientada (paradójicamente) a buscar un cierto confort mediante las bendiciones de los likes o los exhortos a seguir adelante, abrazos virtuales y demás.
Pues al igual que sucede en textos como Esa visible oscuridad, de William Styron, o El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, en “The Crack-Up” Fitzgerald aborda y detalla el quiebre espiritual que le llevara a compararse con un plato roto con la precisión de un psiquiatra de su propia alma: “Pero conforme persiste el retraimiento existe una cada vez menor posibilidad de una mejora: no se espera que se alivie un único pesar, sino que se es un testigo involuntario de una ejecución, la desintegración de la propia personalidad”. Así como la pérdida de su identidad y de su voluntad: “Era extraño no tener un yo: ser como un niño pequeño dejado solo en una casa enorme, que sabía que ahora podía hacer lo que quisiera, para darse cuenta de que ya no quería hacer nada”.
Y en la crónica de su propio descenso espiritual Fitzgerald termina por entregarse a una suerte de cinismo del cual ya no hay punto de retorno, donde el desencanto se vuelve hacia fuera y hacia los demás, con lo cual completaría un encierro en la espesura de su propia alma: “Ya no me agrada el cartero, ni el tendero, ni el editor, ni el esposo de la prima, y a ellos a su vez yo no les agradaré, de forma que la vida ya no volverá a ser placentera, y el letrero de Cave Canem [Cuidado con el perro] estará colgado permanentemente sobre mi puerta”. Mismo que como estado espiritual suena extrañamente contemporáneo, en una época en donde la rabia y el odio al prójimo se expresan con enorme virulencia y a la menor provocación. Sólo que la enorme diferencia, además de los matices y sutilezas con las que evoca su propio recorrido, consiste en primer lugar en que en su caso se trata de un recorrido y no de un estado base o punto de partida. Y por otro lado, en su demoledor ensayo Fitzgerald es consciente de estar experimentando una suerte de descenso a los infiernos. Mientras que en las múltiples formas públicas del odio contemporáneo es casi un distintivo de pertenencia. Como si la oscuridad interior volcada como desprecio del otro fuera, en lugar de una condena como la de Fitzgerald, un rasgo del cual sentirse plenamente orgullosos.