Los mundos liminales de Joselo Rangel

Ciudad de México /

Al final de Annie Hall cuenta Woody Allen en voz en off un chiste donde un hombre le dice a su psiquiatra que su hermano está loco, pues se cree una gallina. El psiquiatra le pregunta por qué no lo interna, y el hombre le contesta que lo haría, sólo que necesita los huevos. A partir de ahí reflexiona que así se siente respecto a las relaciones, que son complicadas, irracionales y absurdas, pero seguimos adentrándonos en ellas precisamente porque necesitamos los huevos.

Pensaba en esta viñeta mientras leía los cuentos de Final feliz, el más reciente libro de Joselo Rangel, no tanto por el costado de las relaciones románticas (aunque en algunos cuentos, también), sino porque un hilo conductor de los relatos parecería ser una cierta región liminal en donde transcurren las historias y sus personajes, cuyas situaciones los colocan a menudo en encrucijadas un tanto imposibles de resolver de manera pulcra y satisfactoria. Por lo que, a lo Woody Allen, terminan haciendo más bien las paces con el absurdo, las imperfecciones y los matices. 

Por ejemplo en “Papá”, un divertido y conmovedor relato donde Ángel lidia con la repentina muerte de su aborrecido padre, descubre que éste practicaba el reiki y que le ha dejado mensajes en libros de la especialidad. Cuando Ángel se pasa de listo fingiendo que sabe reiki para seducir a una hermosa joven y obtiene su merecido, encuentra a través de un sueño místico y la muerte de un perro una suerte de redención, al darse cuenta de que a través de los mensajes dejados en su biblioteca “por fin tendrá ese diálogo que jamás tuvo con su papá”.

U otro de mis relatos favoritos, “Mamá”, se mueve con soltura por los abismos y contradicciones racionales de la fe, pues la madre del protagonista, cristiana dogmática y devota, rechaza con desdén lo que parecerían ser sucesivas manifestaciones de la virgen en un trozo de pan, o pintada a balonazos por unos niños que juegan futbol contra una pared, pues: “Mi mamá tiene la costumbre de desacreditar cualquier religión que no sea la suya. La mayoría de las veces convence a las personas”. Así que atrapado entre las manifestaciones de la virgen, el mandato materno y el de una novia atea e hiperracional, el desenlace del cuento no es tanto que resuelva el nudo del conflicto, sino que lo hace reposar en una zona donde tanto el protagonista como los lectores podemos convivir con el absurdo como elemento constitutivo de ese asunto también un tanto absurdo conocido como vida.

Pues otra vertiente de la necesidad expresada por Woody Allen de contar con los huevos, así sepamos son imaginarios, es precisamente la necesidad de contar y contarnos historias, y en ese sentido Joselo Rangel ha alcanzado un muy sutil equilibrio entre realidad y ficción. Pues incluso en ficciones más decantadas hacia la fantasía como en el muy breve cuento “Escama” —donde unos dragones sobrevuelan una isla y una escama que cae desata la codicia y la envidia entre los habitantes—, la imaginación sirve como sustrato para el conflicto y las emociones propias de lo humano, y nos reconocemos metafóricamente en ese anhelo de ver dragones sobrevolando por esas islas que terminamos siendo nosotros mismos. Así como en la tentativa de hacer un pacto con el diablo en “Encrucijada” (con homenaje incluido a “Sympathy for the Devil”), donde entendemos que no necesariamente sabe más el diablo por viejo, sino que abordado literariamente desde este singular ángulo, ni siquiera Satanás escapa a la decrepitud, por lo que se suma a la lista de personajes cuyos divertidos y por momentos trágicos laberintos existenciales ha trazado con mucho acierto en Final feliz Joselo Rangel. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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