Pinche pérdida de tiempo

Ciudad de México /

En la película clásica Un día particular, de Ettore Scola, con Sophia Loren y Marcelo Mastroianni en los papeles principales, un par de vecinos de un edificio se quedan en casa por distintas razones, mientras todos los demás acuden a un desfile y manifestación donde están presentes nada menos que Hitler y Mussolini. 

Así, en medio del fervor fascista, de la música épica, los desfiles y los discursos demenciales, se produce entre ellos dos una extraña relación que transita hacia lo íntimo, enfrentando el fascismo y catolicismo de ella, con el descreimiento del régimen y la distinta inclinación sexual de él. Como sucede a menudo al ver o leer obras clásicas en la actualidad, resalta doblemente por contraste ante la falta de los sospechosos comunes de hoy: la ultraviolencia, la exaltación del sufrimiento y dolor o la pornomiseria, por mencionar sólo tres de los más habituales. 

Encontramos en cambio un maravilloso despliegue de imaginación, no entendida esta como hilación burda de fenómenos en apariencia raros o fuera de lo normal (a la manera de lo que hacen los niños cuando dibujan sus emociones en terapia), sino situándonos con viveza en la mente de cada uno de los personajes, para representar lo que se entiende por un dilema humano en el mejor de los sentidos. Imaginar, pues, lo que es estar en el punto de vista de alguien distinto de uno, noción misma que hoy se encuentra bajo fuerte cuestionamiento, debido en buena medida a las universidades de élite gringas y sus teorías de la política de identidad y el lugar de enunciación.

Y después un poco por azar me topé con una nota de hace ya tiempo donde Noel Gallagher famosamente declaró que leer novelas es una “pinche pérdida de tiempo”, pues se declaraba incapaz de suspender la creencia en la realidad, y prefería leer sobre cosas que realmente hubieran sucedido. Si bien en su momento no fue sino una provocación emitida por alguien cuyo personaje público siempre se ha basado en la arrogancia, a diez años de distancia resultó casi profético, pues esa misma aversión por la ficción la encontramos en las tendencias narrativas predominantes tanto en la literatura como en las producciones audiovisuales, donde la autoficción, el true crime, los relatos “basados en hechos reales” y los documentales de denuncia que ofrecen la redención de la justicia impartida por Netflix acaparan buena parte de lo más leído, visto, etcétera. Y es que al igual que el mayor de los hermanos Gallagher, el mainstream de nuestra época y sus exigencias de rentabilidad no parecen tener mucho tiempo para perder con historias de ficción pura, donde no sea el yo de quien narra el ombligo del mundo, o ancladas en historias reales contadas ya sea con fines de denuncia o pedagógicos.

Y sin embargo la ironía es que una de las principales alternativas que ofrecen la literatura, el cine y otros géneros es precisamente la de permitir escapar de la realidad o habitar una alterna durante unas horas (como la hermosa idea de Goran Petrović de que quienes leen un mismo libro se encuentran en sus páginas). 

O la de situarnos dentro de la perspectiva, pasiones y emociones de un otro radical, como serían una ama de casa maltratada y abnegada, y un locutor de radio un tanto perdedor, despedido por homosexual y antifacista, como los memorables personajes de Sophia Loren y Mastroianni. Que acaso se sienten incluso más próximos y vivos que las más realistas expresiones ficticias de nuestra hiperrealista realidad.


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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