Reglamentar el júbilo

Ciudad de México /

Vivimos indudablemente en una época donde la hiperinformación y los algoritmos desempeñan un papel fundamental tanto para la vida organizada en sociedad como para las vidas individuales. Probablemente todos hemos tenido la experiencia de mencionar algo en una conversación privada, para que de pronto empiece a aparecer en los dispositivos publicidad relacionada con el tema. O basta con dar clic en un posteo de cualquier cosa para que el algoritmo de inmediato comience a mostrarnos otros varios más relacionados con el tema. Igualmente, la IA desempeña ampliamente labores terapéuticas, de amistad e incluso ofrece la opción de tener una relación romántica, con lo cual es como si toda esa información que circula en el infinito virtual regresara convertida en un avatar que nos dirá generalidades sobre patrones psicológicos, de salud, románticos, revestidos bajo la fantasía de que nos relacionamos con algún tipo de criatura que piensa y siente, y no con un superprocesador de toda la información que voluntariamente hemos arrojado al cibercosmos.

Por otro lado, mucho se ha discutido en esta época mundialista sobre si la alegría de las y los mexicanos ante los triunfos de la selección es desmedida (no me refiero a los excesos o saldos negativos de los festejos, sino a la pura expresión de emoción como tal). Si obedece a la idiosincrasia de conformarse con muy poco. Si debiera atemperarse el júbilo dependiendo de si el gol con el que se gana es producto o no de un error del rival. En mi opinión, se trata en el fondo del mismo impulso de querer medir, encapsular o dirigir algo que por su naturaleza escapa a esta vocación. Pues además, bajo esta aritmética del júbilo, selecciones históricamente exitosas como la alemana deberían ser también las que provocaran mayores expresiones de pasión, y sabemos que no necesariamente es el caso. Y también sabemos que la sensación de tristeza ante la derrota no se ve atemperada por si esta se produjo por errores garrafales o incluso por fallos arbitrales. Si las derrotas duelen por igual, ¿cuál sería la lógica de reglamentar los niveles aceptables de entusiasmo colectivo a partir del mérito futbolístico que conduce a ganar un partido?

Pero donde sí es posible ponerle precio al júbilo futbolero es en las plataformas donde se puede apostar a la probabilidad de que un equipo determinado se corone en el Mundial. En una de las más conocidas, Polymarket, la probabilidad de que México gane el Mundial se sitúa actualmente en 1 por ciento. Parecería aquí un caso donde chocan fuertemente fe y razón algorítmica, pues en internet circulan encuestas donde casi 40 por ciento de aficionados mexicanos encuestados considera que su país puede ganar el Mundial, y seguramente entre quienes participan de los festejos esa proporción sea mucho mayor.

Para poner en mayor contexto el 1 por ciento de probabilidad, consideremos que en la misma plataforma existe actualmente una apuesta abierta donde se concede 2 por ciento de probabilidad a que Jesucristo regrese a la Tierra antes de que termine el año. U otra que concede 10 por ciento de probabilidad a que antes del 30 de junio el gobierno de Estados Unidos confirme oficialmente la existencia de aliens. Por lo que si el algoritmo predictivo estipula que es dos veces más probable el Segundo Advenimiento a que la selección alce la copa, y 0 veces más probable que de aquí a una semana se nos confirme la vida extraterrestre, casi sería mayor razón para que quien así lo desee se entregue al entusiasmo mientras dure, a pesar de una cierta vocación de reglamentar lo que en el fondo es por supuesto un acto de fe. Que en esta época donde la voluntad de medir, controlar y predecir pareciera abarcar la vida entera, casi parece un vestigio de algo que, pese a todo, se niega a extinguirse por completo.


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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