'Sinners' o la metáfora del horror

Ciudad de México /

Hace algunos años las películas de superhéroes dominaban el panorama del entretenimiento e incluso cultural. Quizá como expresión inconsciente, ante las crecientes señales de un orden en descomposición, de la fantasía de que llegara un superhéroe justiciero estilo Batman a poner orden. (Recuerdo que en una matanza en un estreno de esa franquicia, en un cine de Colorado, un entrevistado expresaba que desearía que existiera un Batman que llegara a salvarlos). E incluso en películas como Joker había alusiones a la concentración de la riqueza, la desigualdad y la rabia popular que esto generaba, canalizada por los villanos para propagar las fuerzas del mal.

Ahora que los villanos parecerían literalmente haber accedido al poder en numerosas partes del mundo, quizá en parte por eso parece haber cobrado mayor preeminencia el género de terror, acaso también como expresión inconsciente de la presencia en el discurso y prácticas políticas cotidianas de elementos asociados a lo más oscuro y deleznable de la naturaleza humana. Es el caso de la película Sinners, del director Ryan Coogler, ambientada en el Mississippi segregado de Estados Unidos de 1932, que desde su estreno tuvo un apabullante éxito en taquilla y de crítica, y que está nominada a 16 Oscar. 

La trama sigue a un par de hermanos gánsteres afroamericanos que organizan una suerte de festejo clandestino para la comunidad negra de la zona, que se ve interrumpido por la irrupción de un mal sobrenatural, encarnado en un grupo de vampiros blancos que desean infectarlos para incorporarlos a su clan diabólico. El desarrollo se produce en un registro de ultraviolencia, con la parábola de trasfondo de la lucha entre bien y mal. Y la película ha sido ampliamente interpretada como una metáfora del actual proyecto de supremacismo blanco en marcha en Estados Unidos, comandado por el presidente Trump, que ha envalentonado a las propias

fuerzas del orden para poner en práctica políticas racistas. La metáfora de los vampiros se interpreta como la infección de este tipo de ideas, paradójicamente fundamentadas a partir de la ley, el orden y una supuesta pureza racial y social originarias.

Me parece que a la par de esta lectura, que sin duda resulta muy acertada y que posiblemente explique en parte el inmenso éxito de la película, al dotar a lo sobrenatural de una dimensión política metafórica, existe igualmente otra un tanto más abstracta, donde lo que propagan los vampiros con su discurso basado en el amor y en la música es bastante similar al discurso un tanto en registro de autoayuda que tiene prácticamente todo el discurso actual del consumo, el éxito y la productividad (empresas trasnacionales socialmente responsables, productos sanos que contribuyen a la salud y el bienestar, experiencias turísticas o culturales destinadas a generar aprendizaje y volvernos mejores personas: es decir, el ocio y el disfrute puestos al servicio de lo utilitario y la construcción de la personalidad, para hacerla más rentable y poder consumir otro tanto más de productos y experiencias que nos harán todavía mejores personas, etcétera, etcétera). Y al igual que sucede en Sinners, esa vertiente del horror gregario ha colonizado buena parte de la existencia, por supuesto incluidas las redes sociales y su papel fundamental de engranes del actual sistema, y es un estilo de vida que se viraliza sin necesidad de mordida en el cuello. Y es quizá ese pequeño horror cotidiano que se presenta siempre tan vital y sonriente el que esté detrás del auge actual del género del horror, pues si en la realidad no es posible nombrarlo, siempre quedará al menos el inmenso poder de las metáforas. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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