Sobre el odio nihilista

Ciudad de México /

Desde lugares sumamente distintos, Orwell y Hannah Arendt expusieron de formas muy nítidas los usos políticos tanto del odio como del mal. En el caso del primero, principalmente a través del ritual cotidiano de los “Dos minutos de odio”, donde el partido reúne a los ciudadanos de Oceanía para transmitir imágenes que susciten la animadversión estridente hacia los enemigos, reales o inventados, dejándolos predispuestos a justificar cualquier tipo de violencia como consecuencia natural de la defensa de la causa. Por su parte, Arendt acuñó el famoso término “banalidad del mal” para referir cómo incluso las acciones más monstruosas, a menudo llevadas a cabo de manera programática desde el poder, se realizaban no sólo con una especie de ordinariedad burocrática, sino con la convicción de estar tan solo cumpliendo con una especie de deber ciudadano. Ambos mostraron lo fácil que resulta tanto para funcionarios como para ciudadanos de a pie participar de dichas prácticas, a menudo de manera inconsciente, casi como algo natural o inherente a la realidad de los tiempos.

Sin embargo, tanto en el Estado ficticio orwelliano, como en el régimen nazi sobre el que disertó Arendt, subyacía a dichos mecanismos una especie de causa última (igual de espeluznante) de la que se derivan sus usos programáticos. En cambio, en el equivalente contemporáneo parecería haber una especie de nihilismo que no busca mucho más que la descarga producida por el mal que se le pueda infligir a alguna figura que a menudo, más allá de que resulte más o menos antipática, no le ha hecho ningún daño a quienes se proponen destruirla. Esto último lo ha argumentado el filósofo John Gray en relación al movimiento Woke, pero en las expresiones violentas de los supremacismos blancos de Estados Unidos, Inglaterra, España, Colombia, Perú, tampoco parecería haber mayor programa que el desprecio racial como tal, o la fantasía de retornar a una especie de jerarquía primigenia que no se sostiene ni un segundo con dar un simple vistazo a la composición multiétnica de sociedades tan diversas y complejas. Quizá de ahí se derive que uno de los principales usos de este nihilismo del odio consista precisamente en procurar evadir la realidad a como dé lugar, así sea durante otro rato más.

Y probablemente en ningún lugar sea tan visible este carácter omnipresente del odio como en los cotidianos linchamientos en redes sociales, que tampoco necesariamente se adscriben a alguna orientación ideológica en particular, sino que parecieran también (sin que ello obste para que en ocasiones se utilicen con fines políticos específicos) estar mayormente al servicio en primer lugar de la necesidad de expresarse en todo momento, así sea únicamente desde la bilis, procurando la destrucción ajena por el mero placer (perverso) implicado en ello.

Mientras tanto, los representantes más simbólicos de la oligarquía gerencial, cuyo programa ha precarizado el empleo y el mundo hasta niveles ya casi insostenibles, se pasea ufana por el espacio sideral, como si desde ahí se contemplara mejor el espectáculo caníbal al que, por supuesto, resultan tan ajenos como a cualquier otro aspecto de la cotidianeidad de millones de personas.

Eduardo Rabasa

  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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