Treinta años de 'The Downward Spiral'

Ciudad de México /

El pasado 8 de marzo se cumplieron 30 años de The Downward Spiral, de Nine Inch Nails, uno de los discos que más me han marcado, y que más he escuchado una y otra vez de corrido, como suele ser recomendable con obras concebidas como una totalidad. Escuchándolo ahora suena en varios sentidos más actual que cuando apareció, pero no tanto por dotarlo de un sentido profético, sino porque probablemente Trent Reznor captó desde entonces en el ambiente de la época rasgos que ya estaban ahí, y que terminarían por presentarse con toda su fuerza a lo largo de este tiempo. Se trata también de una obra con un origen siniestramente mitológico, pues fue grabado en un estudio construido por Reznor en 10050 Cielo Drive, la misma casa donde Sharon Tate fuera asesinada por miembros del clan Manson (Reznor ignoraba este hecho cuando alquiló la propiedad).

A lo largo de sus 14 canciones y poco más de 60 minutos, The Downward Spiral nos conduce por una mente quebrada y alienada, que alterna entre el autodesprecio, a menudo expresado por voces en la cabeza del protagonista, sobre las que no parece tener control alguno —“I am the voice inside your head (And I control you)” es la primera frase del disco—, así como fantasías de grandilocuencia y venganza a causa del quiebre y la alienación del protagonista. Todo ello enmarcado por un sonido áspero, que incorpora sampleos de prisiones o películas de horror, cajas de ritmo, vocales distorsionadas y sonidos industriales, que nos conducen directamente al caótico paisaje sonoro mental que define a la obra.

The Downward Spiral apareció en los primeros meses de un año con el peso simbólico de 1994, cuando Estados Unidos metió turbo al acelerador del neoliberalismo con el Tratado de Libre Comercio, que ahora sabemos ahondó en las divisiones de ricos y pobres y pauperizó a la clase trabajadora hasta conducirla directamente al regazo de un demagogo como Donald Trump. En ese sentido, 30 años después podríamos pensar que la conciencia esquizofrénica individual que plasmó Reznor se volvió sistémica, por ejemplo en el hecho de que una canción titulada “March of the Pigs” haya devenido himno, con el deseo nihilista de destrucción expresado como “I wanna watch it come down” plasmado en fenómenos como el colapso financiero de 2009, donde un sector de Wall Street se hizo inmensamente rico apostando precisamente al colapso del sistema, como si años antes se les hubiera escrito expresamente para ellos el estribillo: “The pigs have won tonight”.

Y quizá ese otro gran himno generacional que es “Hurt” anticipó también la actual tendencia a atraer atención pública a uno mismo principalmente a través del dolor (“I hurt myself today/To see if I still feel/I focus on the pain/The only thing that’s real”). Según testimonio del productor Sean Beavan, en lugar de los estilizados micrófonos montados en el estudio de grabación, Reznor se sentó con uno sumamente austero en mano junto a la consola, y grabó la voz en tres tomas, mientras al escucharlo el productor no podía parar de llorar. Cuestión corroborada en un documental en que le ponen a Reznor la voz sola y su primer comentario es: “Estoy desafinado”, pues es una canción y un álbum que, por toda su imponente innovación y maestría musical y técnica, destaca principalmente por la emoción cruda que transmite. Como una especie de The Wall de las sociedades industriales, donde la mezcolanza de los ruidos del sistema y los ruidos de una mente quebrada por el sistema se combinan para ofrendarnos un disco cuya vigencia no hace sino aumentar con el paso del tiempo. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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