La película noruega Valor sentimental, ganadora del Grand Prix de Cannes y actualmente exhibida en la Cineteca, es la más reciente obra del director Joachim Trier. Al igual que ya había hecho en la magnífica La peor persona del mundo (también protagonizada por la actriz Renate Reinsve), Trier ahonda en las complejidades y sutilezas de las relaciones interpersonales (románticas en la película anterior, familiares en esta). Sin necesidad de recurrir a grandes sucesos trágicos o violentos para producir un efecto emocional en el espectador, transmite quizá precisamente por lo contenido y no sentimental de sus películas una potencia emocional muy superior a la de un melodrama.
En Valor sentimental se cuenta la historia del director de cine Gustav Borg (por cuya actuación ganó el Globo de Oro al mejor actor de reparto Stellan Skarsgård) y sus hijas Nora y Agnes. Borg es un director cinematográfico de cierta fama cuya carrera va en declive, que tras la muerte de su ex mujer vuelve a la casa familiar y escribe un guion para ser filmado ahí mismo, con la intención de que lo protagonice Nora, quien es una reconocida actriz de teatro. Cuando ella se niega siquiera a leer el guion a causa de la difícil figura paterna, Borg consigue que acepte una afamada actriz estadunidense llamada Rachel Kemp (Elle Fanning), con lo cual consigue que la película la produzca Netflix, con todas las complicaciones que ello implica. A partir de esta premisa se desarrolla el drama familiar que implica la vuelta al pasado y la figura de Borg como padre ausente, pues además la película que escribe aborda vagamente la figura de su propia madre, quien fue torturada por los nazis como parte de la resistencia noruega y posteriormente puso fin a su vida en la propia casa familiar. La relación entre el pasado y el presente familiar es sumamente sutil y poco a poco se va desenredando el nudo que explica el distanciamiento actual entre padre e hija, vuelto más complejo por la sustitución de la hija por la afamada actriz estadunidense, quien es por su parte consciente de su papel en el drama familiar, lo cual a su vez añade otra vuelta de tuerca a la historia.
Entre las muchas virtudes de Valor sentimental, que la distingue fuertemente de otro tipo de cine imperante en nuestra época, en buena medida proveniente de Hollywood, es que nos recuerda que no se necesita ni violencia ni de una espantosa tragedia social para contar una historia aparentemente nimia, con gran tensión dramática, que engancha profundamente en el dilema de cada uno de las y los personajes al espectador. E igualmente nos recuerda que las realidades cotidianas de la gente normal son todo menos comunes y que una historia familiar noruega puede resultar de una conmovedora universalidad, como sucede en este caso, en un registro que no es ni maniqueo ni blanco y negro. Al grado de que el personaje que sin duda tiene más claroscuros morales, el del padre, resulta al mismo tiempo entrañable y gracioso, y en la medida en que se revela su propia historia familiar y de su madre, es posible comprender en parte su alcoholismo y su vertiente irónica pasivo-agresiva.
Y otro de los mejores momentos lo representa un diálogo de las dos hermanas en donde a partir de sus diferentes destinos y personalidades, donde la más exitosa profesionalmente parecería por admisión propia ser también la que más problemas emocionales tiene, se aborda el tema de qué tanto estamos determinados por la educación y el entorno, y qué tanto incide también la propia voluntad para no repetir patrones heredados.
Una gran ventana al alma noruega y sus (también) enredadas realidades cotidianas.