Hay momentos en la vida de un estado en los que los discursos dejan de ser suficientes y comienzan a hablar las cifras. Hidalgo parece estar entrando precisamente en uno de esos momentos.
El dato que dio a conocer recientemente el gobernador Julio Menchaca Salazar resulta contundente: mientras el crecimiento industrial nacional se ubicó en 2.4 por ciento, Hidalgo registró, en proporción, un crecimiento superior al 21 por ciento. Una diferencia que no puede pasar inadvertida y que coloca a la entidad entre los estados con mayor dinamismo industrial del país.
Pero quizá lo más importante no sea solamente el porcentaje, sino lo que hay detrás de él.
Industria significa inversión; inversión significa empresas; empresas significan empleos y los empleos, cuando son formales y dignos, significan mejores condiciones de vida para las familias.
Ese es el verdadero alcance político y social de la transformación económica que comienza a observarse en Hidalgo.
La administración de Julio Menchaca ha insistido en una ruta que combina atracción de inversiones, fortalecimiento de la proveeduría local, vinculación con las instituciones académicas y participación de empresarios y trabajadores. El encuentro Momentum: Expo Industrial Hidalgo 2026 es una muestra de esa estrategia: más de 60 empresas y una expectativa de más de 500 encuentros de negocios.
Y hay otro dato que merece atención.
La entidad acumula ya 130 proyectos de inversión por alrededor de 147 mil millones de pesos, con una expectativa de generar 191 mil empleos directos e indirectos. Son números que permiten dimensionar que no se trata solamente de anuncios aislados, sino de una cartera de proyectos que puede modificar de manera importante el perfil productivo de Hidalgo.
Aquí aparece también un elemento político que no debe soslayarse: el respaldo de la presidenta Claudia Sheinbaum.
La relación entre el gobierno federal y el gobierno de Hidalgo parece estar encontrando una coincidencia estratégica: aprovechar la posición geográfica de la entidad, su cercanía con el Valle de México y su infraestructura para convertirla en un polo de desarrollo, pero procurando que ese crecimiento sea ordenado y sostenible.
El Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar de Zapotlán y la reactivación de la planta de Cruz Azul en Tula son dos ejemplos recientes.
En Zapotlán se contempla una inversión superior a los 10 mil millones de pesos para desarrollar el polo, mientras que Cruz Azul anunció 6 mil 500 millones de pesos para la reactivación y modernización de su planta, incluyendo una nueva línea de producción y un hospital.
La propia presidenta Sheinbaum ha planteado que este crecimiento debe acompañarse de planeación, particularmente en materia de agua y energía. Y esa quizá sea una de las claves para que el éxito industrial de Hidalgo no sea solamente coyuntural, sino el comienzo de una nueva etapa de desarrollo.
Porque atraer inversiones es importante; lograr que esas inversiones generen bienestar local es todavía más importante.
El reto ahora será conseguir que una parte creciente de las nuevas cadenas productivas se quede en Hidalgo: que participen las pequeñas y medianas empresas hidalguenses, que se capacite a los jóvenes, que las universidades respondan a las necesidades de las nuevas industrias y que los empleos mejor remunerados sean ocupados por talento de la propia entidad.
Ahí estará la verdadera prueba de la transformación.
Hidalgo tiene hoy una oportunidad que durante décadas pareció difícil de alcanzar: dejar de ser visto solamente como una entidad cercana a la gran zona metropolitana y convertirse en un protagonista de la nueva economía nacional.
Los indicadores de actividad económica, industria y empleo apuntan en esa dirección. El propio gobierno estatal reporta un crecimiento de 9.6 por ciento en la ocupación formal y 37 mil 767 nuevos puestos registrados ante el IMSS, además de miles de personas colocadas mediante los servicios de vinculación laboral.
Sería injusto no reconocer cuando una política pública comienza a producir resultados. La transformación de Hidalgo no debe medirse solamente por la cantidad de obras o por los anuncios de inversión.
Debe medirse por cuántas familias mejoran sus ingresos, cuántos jóvenes encuentran una oportunidad sin tener que emigrar, cuántas empresas locales se incorporan a las cadenas productivas y cuánto desarrollo llega finalmente a los municipios. Ese es el desafío que sigue.
El gobierno del Estado tiene frente a sí una circunstancia favorable: una economía estatal que muestra signos importantes de crecimiento y una presidenta de México que ha colocado a Hidalgo dentro de una estrategia nacional de desarrollo mediante infraestructura, agua, movilidad y polos de bienestar.
Si esa coordinación se mantiene y se profundiza, Hidalgo puede estar dejando atrás años de rezago para convertirse en uno de los nuevos motores económicos del centro del país.
Las cifras ya están hablando. Ahora corresponde convertirlas en bienestar. Y ahí estará la verdadera dimensión de la transformación.