El pasado 22 de abril celebramos el Día de la Tierra pero en realidad no es una celebración, dadas las condiciones actuales de desgaste y erosión de territorios verdes y aumento de temperatura ambiental, más bien, es un día donde hacemos una pausa y reflexionamos sobre lo que hemos hecho y estamos haciendo con y en ese espacio que algunos llaman planeta y otros Casa Común.
Mientras somos testigos de las guerras en curso y la escalada de violencia mundial, pocas veces se advierte que esto también tiene efectos devastadores e irreversibles, sobre los recursos naturales que nutren nuestro ambiente y protegen la salud.
Las guerras actuales usan armas sofisticadas que ya no dejan a la “buena suerte” del atacante el éxito en la destrucción de sus enemigos sino que prevén y calculan, de maneras muy exactas, los daños que generarán, reduciendo al mínimo los fallos; pero, para que esto sea así, recurren a máquinas y softwares que utilizan sistemas avanzados de inteligencia artificial que, a su vez, consume enormes cantidades de energía, agua y minerales para funcionar.
Con ello, el daño ocasionado no es sólo a las víctimas directas sino a la Tierra misma.
Así, los problemas que vemos en los noticieros, conllevan, detrás y de manera menos visible, un problema igualmente grave: un daño ecológico irreversible.
Hasta donde sabemos, la Tierra es el único planeta habitable para los seres humanos que vivimos en ella, no hay otro lugar a donde podamos mudarnos y si no tomamos conciencia de que, como todo lo material, ésta tiene un tiempo de caducidad del que estamos cada vez más cerca, un día unos y otro día otros, dejaremos de respirar, moriremos de inanición o intoxicados por aguas residuales altamente dañinas para nosotros y para cualquier especie.
Los daños están ya documentados:
La temperatura mundial ha aumentado 1.5 grados en los últimos 10 años, el riesgo de que aumente a 2 grados es inminente.
El uso de plásticos alcanza casi 4.3 toneladas anualmente. De estos una cantidad ingente termina en los océanos o mantos acuíferos amenazado la sobrevivencia de especies marinas importantes para el mantenimiento del equilibrio necesario y poniendo en riesgo la salud humana por el consumo indetectable de microplásticos.
Los tiempos de recuperación de la Tierra no se respetan, lo que ocasiona enormes sequías, por periodos más largos de infertilidad en los suelos. Las sequias afectan la seguridad y soberanía alimenticia.
La tala de árboles y la quema de bosques no sólo afecta a lo suelos sino a los hábitats enteros que se destruyen por las afectaciones ocasionadas.
El Día de la Tierra, establecido por la ONU en 2009, debe ser entonces una oportunidad para reflexionar sobre lo que el Papa Francisco dejó claro en 2015, de inicio a fin en su encíclica Laudato Sí: todo está interconectado.
No hay Tierra sin humanos ni humanos sin Tierra. La explotación de la Tierra es la explotación de la vida humana y viceversa. Por ello, conviene pensar no en la Tierra y su protección como un deber sino como un instinto de sobrevivencia: no la estamos protegiendo a ella, nos estamos protegiendo a nosotros mismos con y en ella.
El problema ecológico no es sólo un tema de recursos sino de conciencia que nos permita entender nuestra esencia y existencia en cuatro dimensiones: con nosotros mismos valorando lo que somos y nuestro valor como personas, con los demás en cuanto a su dignidad como “otros yos”, con la Tierra que habitamos en cuanto “casa” y no sólo en cuanto “lugar “ y, finalmente con algo que es mayor que nosotros y que creó todo lo que nos rodea, es decir, con un “Otro”, escrito en mayúscula que, independientemente del nombre que le pongamos, representa el origen de todo lo que existe.
Este giro multidimensional rescata el problema ecológico en su integridad y aporta luces para entender que más allá de la actividad extractivista o de la deforestación o la contaminación, es el ser humano contra sí mismo la causa principal del deterioro ambiental.
No busquemos fuera lo que está dentro: el problema no son solamente las grandes industrias y empresas transnacionales, ni tampoco los gobiernos negacionistas de la crisis climática; la causa verdadera del problema es una miopía para entender que necesitamos revalorar la vida en todas sus dimensiones y darle el valor que le corresponde en un mundo donde todo está interconectado.