Walter Benjamin (1892-1940), en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, llamó “aura” a aquel signo indeleble de cualquier obra artística que refleja la identidad y el espíritu de quien la creó. De tal suerte, más que una gama de colores, una simetría casi perfecta o una técnica novedosa y subversiva, la obra expresa a su creador y a su mundo interno: sus sueños, aspiraciones, luchas, luces y sombras.
Así, decía el filósofo alemán, en la época de la imprenta y la reproducción en serie, el “aura” corría el riesgo de perderse y las piezas dejaban de transmitir emociones al espectador. Esto debido a la repetición generada por la copia masiva, en la que se desvanece la permanencia misma del artista a través de su creación original.
Esta idea del aura como la manifestación de una persona nos recuerda hoy al nuevo fenómeno de farmear aura, sólo que despojado tanto del mundo interior de la persona creadora como de la importancia de su reflejo.
Más que una demostración de la personalidad, se trata de un performance donde el acto dista de expresar la identidad propia y se acerca al ensayo teatral: representar un papel y escenificar una narrativa ficticia que, sin embargo, se presenta como expresión de la propia personalidad.
Pretendiendo imponer una serie de características de una persona como modo de rito de iniciación o bien de aceptación y pertenencia, farmear aura resulta una tendencia extraña.
Esto último, pues convoca a “duelos” donde se disputa la apariencia más cool, más dominadora, más feroz o más popular; pero, sólo a partir de su manifestación exterior y, por tanto, fragmentada y desvinculada de la verdadera identidad de quien se exhibe.
Más aún, es extraño por su lógica interna de desplantes, gestos, ademanes, modos, formas y atuendos que sólo pretenden imponerse y ganar sin otro fin que ser aclamados y posicionados dentro de lo in, simulando una pertenencia, aceptación superficial y hasta incómoda.
Ya lo decía Benjamin: a mayor reproducción, menor aura. Mientras más se aparenta una personalidad, menos se es en verdad. Por tanto, este nuevo performance tal vez pase de moda más pronto de lo que pensamos, pues tras el show, la persona regresa a sí misma, igual o más perdida que cuando decidió farmear aura. El aura no se simula, no necesita exhibirse y mucho menos competir. O se es o no se es; no es posible simular lo que no se es por mucho tiempo.
Lejos de lograr ser un acto que genere sentido de identidad, es uno que la pierde y la desvirtúa; en tanto expresión de la autenticidad y del debido respeto que todos merecemos, independientemente de la personalidad que tengamos y del aura que expongamos.
Hijo de la posmodernidad, este performance polariza: escinde lo exterior de lo interior, otorgándole mayor peso e importancia a lo primero que a lo segundo, con ello, glorifica lo efímero y lo superficial, dejando lo permanente y profundo “para otro momento”.
La persona se vuelve así algo reproducible y carente de valor, sujeta ya no a las leyes de la oferta y la demanda, sino a las de los likes y las burbujas sociales. Cada “duelo de auras” constituye una oportunidad magnífica para la novedad y la creación, pero resulta tóxica para el autoconocimiento, el respeto mutuo y la aceptación personal.
En estos tiempos y contextos, el mundo ha dejado de ser un lugar para habitar y se ha vuelto un teatro donde representar. ¿Cómo dotarlo nuevamente de modos humanos y auténticos de ser y estar en él sin que esto signifique simular una realidad que se construye con el tiempo y abierta a diversos contenidos que configuran no sólo apariencias sino modos concretos y singulares de ser, radicando en ello la enorme diversidad de lo humano?
El ser humano y su identidad, tanto como su dignidad, no son espectáculos pasajeros sino realidades invaluables, permanentes e incondicionadas.
Farmear aura no es sino una moda, algo pasajero.
De ningún modo se construye en duelos ni se defiende la identidad personal; tomar este nuevo fenómeno social como una tendencia y algo hasta divertido, por el proceso creativo es aceptable, pero hacer valer el quiénes somos a partir de ello, nunca.