Desde reacciones contrarias y mucha polémica; hasta festejos desbordados y lágrimas derramadas, el Mundial en México y, particularmente, la participación de la Selección Nacional nos dejan grandes lecciones:
1.- Cuando un país duele, es necesario aferrase a algo o alguien para sostener la vida que agoniza. La Selección Mexicana fue no sólo un equipo y no sólo una ilusión, sino, ante todo, un símbolo de que ser mexicano aún vale la pena y es posible decirlo con orgullo.
Para otros tiempos y con mayor calma habría que preguntarse ¿por qué esto es así? ¿qué nos duele tanto que depositamos nuestra esperanza en once hombres que se debaten en una cancha de futbol? ¿qué nos falta y qué nos sobra como mexicanos?
2.- Lo urgente no debe suplir lo importante. Por algunas semanas, el paisaje en México dejó de ser gris. No hablamos de los desaparecidos ni el narcotráfico impregnado en nuestro territorio; se nos olvidó la fiscalización y las restricciones financieras, no peleamos por un techo ni por una medicina injustamente faltante.
Por semanas sólo vimos los tres colores de nuestra bandera pintados en caras, bardas, coches, banderas, playeras, balones, estadios y hasta en fuegos artificiales, percibimos lo que quisimos percibir, no lo que sucedía en verdad.
¿Dónde quedaron las sombras? ¿acaso desaparecieron? ¿se resolvieron de un día para otro los muchos problemas que nos aquejan? No lo creo. Pasada la euforia de cuatro partidos ganados, la realidad se nos impuso de nuevo y hoy salimos a ganarnos el pan como ayer, a buscar, como ayer, un país que nos quedó corto y unas promesas que no se cumplieron. El Mundial fue una “llamarada de petate” porque era lo urgente, pero ¿y lo importante?
3.- Nuestras maneras de “festejar” obedecen más a un instinto dionisíaco que a una alegría contagiosa. No sabemos disfrutar sin destrozar. Hacemos del desmán sinónimo de celebración. ¿Por qué traspasar los límites de lo humano para caer en la bestialidad? ¿qué se busca con el desborde de la emoción? ¿quién gana? ¿quién pierde? ¿de qué o de qué necesitamos desfogarnos hasta acabar unos con otros?
Nuestras acciones reflejan nuestra psicología, creo que nos falta mucho que sanar y no estamos ni cerca de ser el México que reclamamos.
4.- Siempre hay un motivo para reunirnos. Nos hemos y nos han alejado, con discursos polarizantes, etiquetas prejuiciosas, giros lingüísticos que imponen verdades “oficiales” y desmantelan mentiras “fabricadas” y; sin embargo, en este Mundial y ante los partidos jugados, todos fuimos simplemente “mexicanos”.
No importó si eras de la esquina de enfrente; de los de arriba o los de abajo. Sólo importó que México ganara y México, al menos durante esas semanas, fue uno solo, como siempre debió haber sido. ¿Será acaso que lo que nos une no necesita palabras ni “soliloquios” mañaneros? Si después de este Mundial, aún seguimos marcando la diferencia entre “ellos” y “nosotros” no entendimos nada.
5.- Las victorias a veces, no vienen con trofeos. A pesar del desafortunado marcador final, que puso a nuestra selección fuera de la competencia, el sabor de la derrota no fue tan amargo porque lo que vimos no fue un fracaso sino una superación de los límites personales y comunes.
Pasamos del “no se puede” al “¿y si, sí?”, del “no vamos a ganar” al “tal vez ganemos”, de la desconfianza a la afirmación y de la desesperanza a la posibilidad. No perdimos, ganamos.
Ganamos una batalla contra nosotros mismos, que siempre hemos visto como perdida, le ganamos al eterno complejo de inferioridad que nos ha definido desde la Conquista, le ganamos a la incredulidad de algunos y al oportunismo de otros.
Cada jugador, cada parte del equipo, hizo lo suyo y juntos hicieron todo. Hay ocasiones en que las victorias no se dan en una cancha ni se representan en un pódium, las batallas más importantes se ganan en el corazón de cada uno y no necesitan el reconocimiento de los demás.
Acabamos de vivir una experiencia única, que los aprendizajes y las preguntas que nos deja sean únicas también.
Hoy lanzamos el grito que Antonio Caso se atrevió a dejar plasmado en la literatura a inicios del siglo veinte: “México, ¡hazte valer!”, transformado en un “México, ¿qué más necesitas para ser lo que eres?” Cuando nos hemos percatado de nuestras luces y nuestras sombras, no queda sino elegir las primeras y combatir las segundas.