Han transcurrido 12 meses desde ese 21 de abril en que el papa Francisco abrazó el cielo y 12 meses desde que conocimos un nuevo rostro que, ante la incertidumbre y el escepticismo, ha mostrado ser el hombre que el mundo necesita hoy.
No han cesado las guerras en curso pero se ha insistido -y resistido- a elegir la paz por encima del conflicto. No han parado los discursos de odio, pero ante ellos, la invitación a desarmar las palabras se ha hecho escuchar. No ha disminuido la pobreza pero se ha estrechado la cercanía con los pobres y descartados. No se ha revertido el daño ambiental pero se ha acogido el llamado a cuidar nuestra Casa.
La Iglesia sigue teniendo luchas internas y resistencias pero ahora vemos que eso es bueno y así debemos aprender a caminar: las diferencias continúan, pero hemos encontrado que ellas son el camino. Las críticas no son ya por tocar el extremo de la misericordia con gestos “fuera de protocolo” pero siguen siendo por una clara postura y preferencia por el mensaje evangélico.
Se nos fue Francisco pero nos llegó León, un papa que, al igual que su predecesor, no tiene doblez alguno, un hombre de fe que sabe que, a veces, es mejor el silencio que el estruendo y que nos ha ido heredando una serie de dones que han dibujado ya más de una sonrisa y traspasado el umbral de la duda.
Su profunda sensibilidad, heredada de las periferias del Perú y testimoniada en la silla de Pedro, con gestos de acercamiento y verdadera conmoción a lado de los que sufren, sin olvidarlos, sólo amándolos como Jesús los amó.
Su prudencia y mesura: un corazón atemperado por su fe que sabe hablar cuando es urgente y callar cuando es necesario. Un hombre que se ha dejado moldear por las batallas de la vida y que, ahora, hace suyas, las de muchos hermanos y hermanas cuya voz ha sido silenciada.
Su sabiduría para leer los signos de los tiempos: León ha encontrado su lugar, o, más bien, el lugar de Dios en la historia, que nunca juzga y siempre abraza pero también ha sabido ser profeta y sin miedo tomar postura no por un bando o por el otro sino por aquél que ha ejercido como centro y eje vertebral de su vocación y su servicio: Dios (y sólo Él).
Hoy el mundo no es mejor que lo que fue para Francisco, tampoco la Iglesia y, quizá nunca lo sea pero, en medio de las tempestades y de la contrariedad y contradicción de la condición humana, da esperanza ver que hay un hombre que, con paso firme, camina confiado en que ni la muerte, ni la guerra, ni la miseria, ni la opresión, ni el poder, tienen la última palabra.
También a él, como a Francisco, lo criticarán y llevará sobre sus hombros el peso del juicio humano y él, como Francisco, cada noche en su oración seguirá insistiendo en el amor y la misericordia como talantes que impulsen la transformación del corazón humano.
Quizá de eso se trate: de no contar las batallas ganadas ni declarar triunfadores sino sólo de transitar en la historia haciendo lo más y lo mejor sabiendo que nunca es suficiente cuando de las fuerzas humanas se trata pero confiando en que nuestra obra inacabada será completada por quien nos puso en el camino para seguirlo.
Aún es pronto para decir más de él, pero lo que nos ha mostrado y lo que ha hecho establecen una agenda no sólo personal sino pastoral, donde las prioridades están marcadas: los pobres, el desarrollo humano, la justicia social.
No es tiempo de divisiones, es tiempo de unión y reconciliación. León sabe y entiende esto, no como un causalista de la historia sino como un ser humano que ha conocido la mejor y la peor parte del corazón humano y se ha quedado con la mejor.
Y después de Francisco ¿qué? preguntábamos hace un año, hoy consuela saber que él no sólo sigue entre nosotros sino que nos regaló a un hombre sencillo y profundamente amoroso para enseñarnos, una vez más, que Dios actúa en la historia, aún a pesar de nuestras dudas y negaciones.
¡Gracias León por este primer año de pontificado!