¿Seguiremos siendo humanos?

Puebla /
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Las recientes advertencias sobre el peligro inminente de la IA representan no sólo una verdad fáctica sino un punto de inflexión donde la humanidad puede reflexionar sobre sus propias aspiraciones, su teloso finalidad interna y el sentido del límite que le es inherente.

Especialmente en esta primera mitad del siglo XXI, la aceleración de la tecnología mediante el impulso de la inteligencia artificial sumada a los anhelos humanos de rechazar características propias de nuestra naturaleza, como la enfermedad, la muerte, el envejecimiento y el dolor, han permitido el avance médico e incluso genético buscando la superación del límite y la inmortalidad.

Sin embargo, la trampa que no se advierte es que, en la búsqueda misma de perfección ilimitada, la maravilla de lo humano se engrandece aún más cuando, a pesar del límite y a través de él, superamos los obstáculos para llegar al fin último de nuestra existencia; de tal manera que es precisamente lo que se rechaza, lo que nos permite seguir siendo lo que somos.

Sin embargo, con el fin de traspasar las limitaciones y características humanas “indeseables” se ha propuesto la evolución de la especie humana mediante la incorporación de tecnología en el cuerpo humano para potenciar e incluso sustituir las funciones físicas y orgánicas que presentan disminuciones, este primer paso en la evolución humana lo han definido algunos como Nick Bostrom, quien representa, junto con otros, la corriente del transhumanismo.

Este movimiento sugiere, por una parte que la evolución humana no ha concluido y es posible empujarla aún más en pro de su mejoramiento y, por el otro lado, que lo que hoy somos es indeseable y debemos buscar algo mejor. En resumen, se asume que la naturaleza humana limitada, no debiera ser tal y que ésta es, además, lo suficientemente plástica para intervenir en ella y perfeccionarla.

En esta cadena de mejoras, pensar que lo humano puede dejar de serlo y en su lugar instalarse una nueva esencia, denominada trans y posthumanos, es la idea que hace girar el motor del progreso tecnológico a favor de la humanidad. O, al menos así lo han propuesto.

Desde Prometeo hasta Frankenstein este ha sido el anhelo, pero, desde el mito griego hasta el momento actual, se ha desvanecido dicho anhelo al constatar que ese ser “mejorado” carece de rasgos inherentemente humanos y deseables, como la capacidad de amar, imaginar, empatizar, sentir compasión y crear la historia.

Aunque es cierto que las inteligencias artificiales se comunica entre sí y son capaces de hackear bases de datos y luego seleccionar a discreción aquellos algoritmos que pueden producir pérdidas importantes, no es menos cierto que los seres humanos tenemos la capacidad de a) re programarlas y desactivar determinadas funciones y b) reparar, aunque no siempre, los daños ocasionados.

La vida no es sólo algoritmos y operaciones computacionales, tampoco es sólo perfección y eficiencia, menos aún progreso y ganancia de capital; el error, la frustración, el dolor físico y emocional, también forman parte de nuestras vidas y no se pueden reducir a una ecuación, no se pueden comprar ni cuantificar en números de likes o de seguidores. La vida humana es a veces un drama y la única forma de salir de él es vivirlo y vivirlo intensamente.

Si lo que se pretende es crear seres que vivan más de 500 años, que se sirvan de la tecnología para prolongar su permanencia en este mundo, que no envejezcan, mueran o sufran y que sean súper inteligentes potenciando sus estructuras cerebrales entonces lo que se busca no es un humano sino un ente tecnologizado y programado que funcione a partir de instrucciones claras y precisas que le damos y que, al dárselas, le cedemos nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Cabría la pregunta: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ser automatizados al automatizar máquinas, robots e inteligencias artificiales?

Nuestros deseos de inmortalidad atraviesan nuestra carne, nuestro cuerpo y los límites que éste comporta, el día que dejen de hacerlo, ese día sería el fin de lo humano pero hasta que ese momento de singularidad siga siendo predecible en función de lo que programamos en cada máquina, los humanos seguiremos siendo humanos.

Mored


  • Elizabeth de los Ríos Uriarte
  • Consultora en Bioética. Fundadora de SECOBIE
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