¡Atrás de la raya, acérquense!

Ciudad de México /

En plena lateral del Periférico Oriente, Tuercas arma su numerito, el de romper envases de cristal, acomodar los trozos y sobre ellos tenderse de pecho y de espalda, como muestra de cómo Hércules desafía los filos de la adversidad e incluso pide al público que seleccione un voluntario para que suba sobre su pecho y fuerce a que broten las heridas.

En aquella bolita, inquietos adolescentes se empujan: a ver quién se suma al desafío de actuar en público. Nadie, pese al entusiasmo que derrochan.

Al Tuercas le urgen algunas monedas para lanzarse a la vinatería y adquirir un cuartito de alcohol de caña. Eso le quitará la temblorina que amenaza invadirlo.

—Sésguense, escuincles, que me espantan a la clientela —ordena, sudoroso, para que liberen espacio. Sin chistar, lo señalados se marchan.

Es la hora en que los chamacos salen de la escuela, y las madres acuden por los más pequeños e invaden los pasillos del mercado para surtirse de lo necesario y preparar la comida.

Tuercas da largas a su espectáculo, a puro verbo entretiene a los transeúntes que, curiosos, rodean al hombre que promete tenderse sobre los afilados vidrios y salir sin un rasguño.

El barullo que arman los escolares imanta a la gente que, curiosa, rodea al hombre, quien continúa quebrando envases y reiterando la promesa de brindar un espectáculo de alto riesgo “a cambio de las monedas que guste regalarme, damita, caballero…”

—La mente es un poderoso instrumento; taaanto, que puede cauterizar heridas aun antes que se produzcan, como comprobarán durante este acto, protegido por el Todopoderoso que, atento a nuestras acciones, siempre está allá arriba librándonos de todo mal…

Tuercas se santigua; despojado de la playera, muestra la musculatura de su torso moreno, con cicatrices varias, algunas retocadas con pintura roja, que provocan admiración entre los más pequeños del público…

—¡Atrás de la raya, acérquense más! Hasta ahí está bien, atrasito de la raya, que estoy trabajando…

La vendedora de obleas pregona su mercancía; el Abominable Hombre de las Nieves estaciona el carrito de los helados y se apresta a disfrutar del chou.

—El secreto está en dominar la mente. En concentrar la fuerza en el cerebro y con ella dispersar las malas energías, para que la luz nos purifique. Atrasito de la raya, plis…

Lalo el Loco presencia la escena y ríe nomás porque sí, y porque le divierte ver a la gente entretenerse con naderías…

—Con una pizca de este polvo que te vengo ofreciendo por una módica cantidad, tendrás el remedio que brinda la calma, la serenidad que te permitirá mantenerte relajado y en plena claridad para atender tus asuntos, tus tareas. Una mínima cantidad de este polvo mágico y bienhechor hará que tu vida cambie y te colme de alegría, al igual que a los tuyos… Acércate, hermano, y lleva este santo remedio que tanto esperabas para sanar hasta la última de las dolencias que te aquejan… Prueba que tienes voluntad y que deseas sanar, hermano, hermana…

—Esa bolita es para robar —señala alguien y de inmediato la bola se dispersa, porque una pareja de uniformados aparece e indica:

—Movidos, señores, que estorban la circulación. Movido-movidos: despejen, despejen… 


  • Emiliano Pérez Cruz

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