Es él, Esiquio: no está disfrazado, solo se bañó, del ropero eligió el ajustado traje de casimir gris Oxford, hecho a la medida, y la camisa blanca de manga larga, con pechera de pliegues y ojales para las mancuernas de piedras rojo oscuro. También lustró sus zapatos de tacón cubano (corte vacuno y suela de cuero), ajustó las agujetas, tomó la camiseta y el calzoncillo y comenzó a vestirse: es día de tianguis en el barrio y quiere “andar entre los jodidos, que aprendan cómo vestir en un día cualquiera”.
La corbata azul eléctrico, delgada; el sombrero y una sonrisa frente al espejo, rematan el ritual. Antes, desayunó ligero: huevos tibios con una gota de limón y su pizca de sal. Café sin azúcar acompañado con Delicados sin filtro. Cogió las llaves de su cuarto, puso el seguro y echó llave. Es Esiquio el Varita de Nardo, aquel que terror fue en las fiestas de quinceañeras, bodas y primeras comuniones, cuando aparecía ya entrada la fiesta, reconocía a los cuates y muy ceremonioso tendía la mano a la muchacha más cercana:
“¿Bailamos?”, decía, y era bueno pa’l guarache el Varita de Nardo: sabía conducir a su pareja durante la pieza que el sonidero elegía para que vibraran los altavoces: cumbia, danzón, chachachá, bolero, roncanroll de los 60, salsa, ¡azúcarrr! A sus 17 septiembres era asiduo a los salones de baile: Los Ángeles, Colonia, California Dancing Club, King Kong, Bombay, y a los congales que en los años 70 florecieron en la calle Siete —hoy Periférico Oriente—, frontera entre CdMx y el Estado de México, al este de la ciudad.
En las tardeadas sabatinas que se organizaban en la cancha de básquet de la colonia, también se lucía como el excelente bailarín que ahora —a los 70 de edad— aún gasta suela y restriega su gusto a los chavos de su edad, impedidos por la reuma, ciática, la artritis o el peso de la barriga y los pies cansados de tanto estar de pie, con ardor en la várices.
Con el baile seducía. Las niñas cuchicheaban y las adolescentes lo asediaban, y él: encantado de complacer a las más que se pudiera: apenas terminaba la pieza y ya alguna lo había apañado para bailar la siguiente, con el ansia de ver si algo le proponía el guapo del barrio mientras le seguía el paso, sin perder el compás.
Cuando tomaba un respiro, recuperaba su copa y echaba porras a la palomilla para que se animaran a bailar: Aunque no sepas, bailando aprendes: tú nomás déjate llevar por la música, como la sientas, nomás ándate bien coordinadito con la morra: no la abandones a medio patio cuando terminen la rola: acompáñala hasta su lugar y dale las gracias: la gente agradece sentirse agradecida.
Su defecto más visible: afecto a los tragos y luego de contenerse buen rato, aceptaba la cerveza, la cuba, el tequila derecho, el whisky con hielos, el jaibol, y luego sacaba el papelito, inhalaba el polvo blanco y de la cajetilla de cigarrillos extraía el de mariguana. Entonces la puerca torcía el rabo, porque ante tremenda revoltura el cuerpo reaccionaba y el cuerpo del Varita de Nardo trastabilla, exige a gritos, insulta, busca pelea y crea mala fama al grupo de amigos que poco a poco lo abandonaron; le valió madres siempre: lo suyo era el baile, las morras: les ofrecía refresco, alababa su cadencia al bailar, se despedía besándoles la mano.
Los tragos malbarataban lo que con el baile construía. No obstante, sus amigos lo cuidaban y al concluir la fiesta hacían la cooperacha para las caguamas que bebían sentados en la banqueta, frente a la casa del Varita: tocaban la puerta, abría su hermana —la Magos—, quien agradecía las atenciones a su hermano y se despedía, sacando suspiros a más de dos, que por temor a Esiquio no iban más allá:
—Magos es mi carnala, culeros, y ninguno de ustedes se la merece. Tiene que encontrar algo a su altura, no pinches pobres. Si yo, su bro, soy ingeniero, abogánster, arquitecto, a güevo que aspira a más. Así que ni se les ocurra acercarse a ella porque nos partimos la madre; ya dije, putos.
Era bueno para el trompo, la patada a los güevos y el trompón, el cabezazo certero. Además, si enfurecía no había quien lo controlara: no paraba hasta derribar al enemigo y arrastrarlo. Volvían a la fiesta hasta que, ya ebrio a más no poder, comenzaba a besar al que fuera su oponente y a disculparse.
Dormía. Pero al despertar abrazaba al más cercano y pedía que juntos contaran a la audiencia cuando asistieron al concierto de los Beatles en Ciudad Universitaria: díles cómo se lució Led Zeppelin en el Auditorio y regresamos con sus autógrafos; este wey y yo tomamos clases en Arquitectura con Luis Barragán y Abraham Zabludovsky Kraveski. Si no somos cualquier maestro carpintero. Somos uni-versi-tarios, culeros, oyeron bien: ¡uni-versi-tarios, nomáaás!
Las parejas que tuvo no soportaron lo que llamaban “sus locuras”, ni sus ataques violentos cuando la cruda lo tenía con los nervios erizos. Iba a la vinatería, botella en mano recorría el barrio tocando puertas, a ver si alguien le secundaba en la acción de curarse los efectos de la borrachera.
Optó por vivir en la casa paterna: Sin perro que me ladre, sin nadie que pague mis culpas; si mala vida sembré, mala vida cosecho: para qué aguadarle la existencia a los demás, justificaba.
Así escaló poco a poco el cielo de sus fantasías y la corrosión por la edad.
Es él, no está disfrazado: solo se bañó, y como es día de tianguis anda “entre los jodidos, que aprendan cómo vestir”; los perros que se le atraviesan en el camino evaden los bastonazos que Esiquio tira a diestra y siniestra, a riesgo de caer como en otras ocasiones. Pocos lo reconocen, si acaso lo ubican como el loquito al que las marchantas gritan: “Si no compra, no mayugue” y lo alejan con el espantamoscas, aunque se defiende alegando:
—Si no somos cualquier maestro carpintero. Somos carpinteros uni-versi-tarios, culeros, oyeron bien: ¡uni-versi-tarios, nomáaas!, no vendedores de frutas mayugadas; de verduras pepenadas en la Central de Abasto, que ya iban a la porqueriza.
* Escritor. Cronista de Neza