Ya se siente frío en la zona metropolitana de la Ciudad de México. Aunque aparecen de repente nubarrones, la lluvia no ha caído suficiente por este rumbo, como cuando les llamaban tiempo o temporada de lluvias.
Hay que estar preparado: salir con la sombrilla en la mochila, cuando menos la capa de hule que nos proteja para no empaparse y hasta una gripa ganarse y andar con la nariz constipada y los estornudos y el cuerpo cortado y eso a nadie se le desea.
Hubo una época en que la temporada de lluvias era temporada, de barquitos de papel, que navegaban por riachuelos, que en la calle se formaban y la chiquillería feliz porque echaban a volar la imaginación y le da gusto el gusto navegando por sitios inexplorados hasta desembocar en la mar, que es el vivir…
Chiquillas corrían con las trencitas, saltando de aquí para allá, celebrando que las nubes descargaron aquí su líquido, que en casa se acaparaba en tambos, tinas, ollas, y cuanto recipiente hubieran mal estado para reservar el agua para cuando escaseara.
Las plantas de las macetas reverdecían y pronto los geranios en flor de colores hermoseaban y el humor cambiaba, como que todo era del olor de la alegría, luminoso y fraternal, o al menos eso parecía.
Como que todo agarraba otro color y las viviendas relumbraban, cobraban vida y la nostalgia era de alegría, afloraban los recuerdos en las pláticas y las mujeres que mataban el tiempo platicando y cosiendo, remendando prendas de vestir mientras las gotas rebotaban sobre el tejado.
Los hombres regresaban del trabajo y sus mujeres servían la cena y platicaban. Luego, los mandaban a dormir.
Afuera, entre la chiquillada, se contaban cuentos, anécdotas acerca de la vida en la casa de cada cual, y la rondas infantiles se organizaban y risas y gritos abundaban por ahí.
La ausencia de alumbrado público permitía que las estrellas titilantes nos brillaran en el cielo azulado, intenso. A gritos, las madres llamaban a su vástagos para que ya se metieran a dormir, luego no se quieren levantar, apúrense, que ya es muy noche.
El silencio se expande y algún grillo por ahí rechina sus alas. Ladridos a lo lejos, el motor de un camión, en ocasiones, el pitido del ferrocarril, rumbo a Veracruz.