El examen: lo pasas o lo pasas

Ciudad de México /

Al salir de la secundaria una larga espera aguardaba: el calendario escolar no concordaba con el de la UNAM, así que quienes pretendían ingresar a alguna de las preparatorias existentes debían esperar nueve meses para presentar el obligado examen de admisión. ¡Todo un parto!

Mientras, el padre ordenó emplearse en lo que fuera, para no estar de huevón y en malas ideas y peores compañías. Ramón el Roñas fue el vecino al que el hijo acudió para solicitarle trabajo como “chalán” de albañilería.

La rudeza de dicho oficio consolidó el deseo de presentar y aprobar el examen de admisión. Quién en su sano juicio desearía dedicarse a ese noble oficio, para ganarse el pan escaso con el abundante sudor de la frente.

A la hora de la comida, pensativo el hijo rumiaba su suerte, sentado sobre una piedra volcánica que formaría parte de los cimientos de la casa que edificaba El Roñas. Si no aprobaba el examen —amenazaba el padre—, aquí debía de comenzar a forjarse un futuro, como chalán o  machetero: cargador en la Ferretería más Popular de México, donde él se desempeñaba como chofer de un camión cuya plataforma soportaba 12 toneladas de acero.

Tras egresar de aquella secundaria oficial número 60, donde el pelo de los alumnos permitido era al estilo brush, la mamá permitió a los retoños lucir melena para estar a la moda de los jipiosos años setenteros del siglo XX.

—¿A poco tú también ya eres ipié, m’hijo?  —exclamaba asombrado el abuelo Venado cuando llegaba de visita desde el rancho michoacano—. Capaz que también escuchas esa música como de aullidos, que nadie entiende, m’hijo…

—Es que usted no sabe inglés, abuelo.

—¿Y a poco ustedes sí? Bueno fuera, para que se vayan de braceros al otro lado y se traigan los dólares, hartos billetes verdes…

Las actividades del chalán incluían ir a la tortillería por los kilos eran necesarios para la hora de la comida con los macuarros. Un agasajo para recuperar la energía quemada en el acarreo de tabiques, bultos de cal y de cemento, polines y tablas para cimbrar; preparación de mezcla y revoltura para el colado…

La melena se embarraba de mezcla y peinarse a la hora de la salida era un triunfo, necesario para galanear con las chamacas del barrio. Volvían a casa muy jacarandosos los macuarros, sobre todos los jueves: había tocada y bailongo en las canchas de básquetbol; la música la aportaban el Sonido La Changa, El Rolas o el Fascinación. Y a levantar polvareda. El corpachón también pide diversión. El rock lo aportaban grupos locales y la cannabis aromatizaba el ambiente.

Al otro día echar las tortas de huevo con frijoles a la mochila, pasar a la casa del maistro por las herramientas y preparar el material para que cuando llegue el jefe tenga todo a la mano.

Y a sudar la gorda gota: más mezcla, maistro, o remojo los adobes; ya está la revoltura, usté dirá a qué hora la arrimamos; ya llegó el camión con la madera pa’ la cimbra…

Y a la una de la tarde, ¡vamos sobre las tortas y el refresco!, bajo la sombra del pirul o la que brinda la barda en construcción.

Y en la noche, agenciarse el cuaderno y los libros, porque ya viene el examen de admisión y lo pasas o lo pasas o te dedicas a construir casas… 


  • Emiliano Pérez Cruz

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