Esos sí eran maestros

Ciudad de México /

Quién sabe cómo le hacían, pero los integrantes del cuerpo magisterial de la Escuela Primaria Federal “Guadalupe Victoria” siempre estaban perfectamente formados frente al asta bandera de la escuela para dar inicio a los honores que todos los lunes, antes de iniciar clase, se le brindaban a la enseña tricolor.

Frente a esa misma asta, el fotógrafo del barrio, que había convenido con la directiva escolar la toma del recuerdo, acomodaba al grupo y a su maestro. Luego volvería con suficientes copias para venderlas a los padres de familia:

—Son para el futuro. Porque quién sabe si estos chamacos seguirán adelante con sus estudios. Que cuando menos quede huella de que por aquí pasaron, aunque no hayan aprendido. De perdis tendrán certificado de primaria.

La mamá decidió que el sábado sería día de limpieza profunda en casa. Lo más pesado: fregar el descarapelado piso de cemento de los cuartuchos, más amolado que la banqueta más ruinosa del barrio. De abajo de la cama surgió el pequeño veliz que contenía las fotos del recuerdo.

—Ah, eso sí que no. Me cierran ese veliz y acabando el quehacer nos ponemos a ver fotos y a recordar. Pero primerito terminamos.

***

Cómodamente arrellenada sobre la cama, la mamá volcó el contenido del veliz. Voraces, sus chamacos se arrebataban las fotografías y las comentaban:

—Aquí está mi abuela Yayis con tía Tana, tío Fer y tío Rafa, cuando trabajaban en Polanco, cuando ella resbaló y se rompió la pierna.

—Mira, aquí hasta el Dandy salió. Se ve contento y casi escucho sus ladridos.

—En ésta estamos los tres con los pantalones que nos regaló Tilita el día de Reyes, con perritos bordados en el peto.

—Mira: la foto del grupo de primer año con la maestra María Elena. Era muy bonita. Venía desde Xochimilco hasta acá, cuando la colonia era puro lodazal. Tres horas de viaje se hacía y siempre estaba puntualita, antes de las 8 de la mañana, para empezar las clases.

—Por eso los coscorrones en la cabezota, cuando no aprendían —recuerda la mamá—. En balde el esfuerzo de esos maestros que venían de tan lejos y ustedes de burrototes. Las maestras y maestros siempre llegaban limpiecitos, como si no hubieran atravesado el lodo o el terregal. Por eso las mamases las invitaban a comer a la hora de la salida, porque todavía les quedaban tres horas de viaje para volver a sus casas. Esos sí eran maestros… Aquí están con la maestra Rosalba, muy buena y exigente. Este es el maestro Lucio, que hasta a bailar vals les enseñó para la graduación de sexto año.

—¡Mira, la maestra Lolita! Con bastón y encorvada, nunca quiso jubilarse. Y daba borradorazos en la punta de los dedos para que mejoráramos la letra…

—Y tú llegabas y le decías: deles duro, porque conmigo no quieren. Para que se les quite lo burrotes.

—Y mira, ahora chulean tus garabatos. No que Oscar prefirió la letra de molde para hacerse entender.

—Es que las manuscritas se me hacían difíciles, con tanto garigoleo.

—El director se llamaba Rafael de Ita, siempre con su traje beige y bien peinado y rasurado, con aroma a loción, fresco, limpio. Esos maestros se daban de respetar. Pero ya dejen las fotos: terminamos el quehacer y seguimos viéndolas para recordar… 


  • Emiliano Pérez Cruz

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