Aquel día, muy quitados de la pena, los cinco amigos caminaron hasta las orillas del Río Churubusco, treparon al bordo y caminaron con la vista atenta al suelo, buscando los pequeños promontorios de tierra fresca y suelta. Cada cual llevaba una pequeña lata donde depositaban los sapos que bajó aquella tierra se ocultaban.
Los chiquillos se habían vuelto a proveedores de aquellos anfibios, muy solicitados por los alumnos que cursaban biología o ciencias naturales. En clase les aplicarían un algodón mojado en cloroformo y una vez dormidos, procederían a abrirles el vientre con el bisturí y hurgar en sus entrañas y describir los diversos sistemas que les daban vida.
Para la clase solo requerían un sapo o rana, pero a Miguel Angel le gustaba llegar a casa con muchos animalitos que liberaba en el pequeño jardín que su madre intentaba establecer sobre aquel terreno salitroso donde la madre sembró gladiolas, geranios y malvones que cuando florecían alegraban la vista. También logró que un pino y un pirul arraigaran, gracias a que nutría el suelo árido con tierra negra o tierra de hoja que un hombre transportaba sobre un par de burros y pregonaba:
—La tierra pa’ las macetas, señitos: compren su tierra negra, su tierra de hoja…
Aquella vez se entretuvo persiguiendo una gran rana que se ocultaba entre el tule que a las orillas del río crecía. Logró atraparla y quiso presumirla a sus compañeros, que lo abandonaron sin que se percatara.
Con su lata llena de anfibios, camino por el bordo hasta su entronque con la avenida que atravesaba el Churubusco. Se extrañó al ver el tumulto que rodeaba al par de patrullas ahí estacionadas. Media docena de policías custodiaban a tres muchachos que, en calzoncillos y con un mecate atado a la cintura volvían con un par de hombres en calzoncillos y escurriendo aguas negras.
Miguel Angel se enteró que eran delincuentes los encalzonados: los policías los condujeron hasta ese paraje para que se metieran al escaso caudal y sacaran el par de cajas fuertes que hurtaron de una farmacia y una panificadora.
—Ya traigan a ese par y vengan por este otro, para que busquen en el lodazal— ordenó un oficial.
Miguel Angel se coló entre los mirones hasta llegar a las patrullas. Reconoció entre los detenidos al Wilo, al Ñacañaca y al Mateo, jóvenes del vecindario que por las tardes se reunían en la esquina de las cuatro puertas. El corazón le latió con fuerza: al fondo de una de las patrullas vio a su primo Mailo. El que defendía de los grandulones que le atizaban coscorrones y de “estudiantito punqueque” no lo bajaban. Movió las palmas de sus manos para llamar su atencion; Mailo, con leves con movimientos de cabeza, le indicó que se marchara.
Miguel Ángel pegó carrera hasta la casa de su tío Queque. Golpeó con fuerza la puerta de láminas, pero nadie le abrió. Con el morral cargado de útiles escolares golpeándole la espalda, llegó a su casa y abrió de golpe la puerta. Con varias vecinas, su madre bordaba bajo la sombra del pirul:
—Qué prisa te traes, chamaco, tas mal del estómago o te correteó el pingo…
—No, ma: es que en el bordo hay patrullas y tienen al Mailo y al Wilo y a otros, y los echan al canal: qué hacemos, ma…