La entraña del tinaco

Ciudad de México /

Así como dicen que ahora se mueren los que antes no se morían, así también vemos en la calle que la gente saca botes y cubetas para ver de dónde agarra agua en zonas de la ciudad donde antes eso de la escasez no ocurría.

En casa, Jerónimo y su abuelo deciden trepar a la azotea para darle una buena lavada al tinaco, que hace siglos (desde que lo instalaron) no recibe.

Arriban con cubetas, jerga, detergente y escobetilla para fregar la entraña del monstruo. El sol pega sin piedad, reverbera y crea espejismos al fondo de la calle: un lago azul, un cielo con nubes…

Quitan las piedras que el abuelo, hace siglos, colocó sobre la tapa para que ésta no volara con los aironazos:

—Dale buena restregada con la escobeta, m’hijo. Hasta renacuajos y salamandras debe haber…

—Yo me encargo de eso, abuelo, usté nomás agarre bien la escalera para treparme… Páseme el jabón. Huele a tierra enlamada; pase la botella del cloro, plis.

—Nomas détenme la sombrilla, que el sol está que arde… Ahí te va la cubeta, ándate con cuidado ahí adentro: no te vayas a dar un resbalón, m’hijo.

El agua escasea. Pasan las pipas del ayuntamiento y dejan unos minutos la manguera dentro de la cisterna. Las amas de casa refunfuñan:

—Oiga, una miada me rinde más. Échele otro chorro y le doy su propina… Somos muchos de familia, cuando menos que alcance pa’ lavarse la cara y los sobacos… Yo no tiro l’agua de la lavadora: la uso para regar las plantitas…

—Claro que sí, vecina: de a poquito y verá que para todos alcanza l’awita… Creo que este año viene ruda la temporada de secas. Ojalá que se vengan pronto las lluvias. Podemos cosechar el agua de la azotea. Así le hacíamos antes que metieran la tubería del agua potable.

El abuelo recibe el agua jabonosa que Jerónimo extrae del tinaco.

—Hasta su nido quisieron hacer aquí encima los pichones, abuelo. Ni se le ocurra nunca tomar de esta agua, porque se nos petatea.

—Pues ni que diatiro estuviera muriéndome de sed, muchacho. Una vez leí que allá en la ciudad encontraron adentro del tinaco a una persona que daban por juida. ¿Verdad o leyenda? Sabrá Dios. Pásame la jerga para enjugártela bien y que quede ahí adentro rechinando de limpio…

—Ai le va. Con cuidado, no se vaya a caer, abuelo. Vea el agua cómo vibra de gusanos, son larvas de mosquito: cuando levanté la tapa salió un enjambre. He visto que la abuela agarra su vaso de esta agua para lavar su cepillo de dientes.

—Ya le he dicho que no lo haga, pero dice que de algo se va a morir la gente. Échale más cloro, pero salte ya pa’ que no te intoxiques. Dejamos que se rezuma y luego ponemos la bomba para que suba el agua y se llene la desta cosa. Y ya nos vamos bajando porque nos va a dar una insolación que Dios guarde la hora…

—Ni una nubecita se mira en el cielo, abuelo. No se quite el sombrero, porque se le quema la calva y se le evaporan los sesos. Ahí le paso la cubeta y los arreos. ¡Y pensar que hay gente que nunca en su vida ha lavado su tinaco! Hasta dinosaurios han de tener ahí, agazapados.

—Cuando vivía tu abuela, a cada rato andaba dando lata para que lavaran el tinaco. Pero creo que la gente da por hecho que el agua llega de milagro y se olvidan de asear el recipiente.


  • Emiliano Pérez Cruz

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