La Margarita

Ciudad de México /
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“Ordenaban un tarro de neutle”. Sara Escobar

La noche del 9 de julio, Salvador Corrales, propietario desde hace más de cuarenta años de La Margarita, bajó la cortina de su pulquería por última vez. El estruendo provocado por el correr del acero a través de los canales perfectamente bien engrasados que sostenían el enorme armatoste metálico, pasó totalmente desapercibido para los vecinos, siempre acostumbrados al bullicio que del local emanaba hasta altas horas de la noche. Pocos se percataron del cierre; tan solo algunos transeúntes que caminaban frente al local de vuelta a casa; ni siquiera los perros sarnosos que todas las tardes se arrimaban a abrevar del enorme cazo de agua que siempre hubo fuera de la pulcata, cortesía de Don Chava, se atrevieron a despegar la cabeza del fresco concreto sobre el que reposaban. Los candados se aferraron a los dos postigos al pie de la cortina metálica como ceremonia de despedida. Y, tras ello, por última ocasión, Salvador Corrales se apostó frente al inmueble en el que pasó la mayor parte de su vida; se santiguó un par de veces; guardó las llaves, abrazó sus pertenencias y marchó con rumbo desconocido.

Semanas atrás vio entrar a tres hombres armados a la pulquería. Afuera, el sol veraniego resplandecía sobre el concreto. Los había visto en otras ocasiones. Ordenaban un tarro de neutle o un curado de frutas. Durante un par de semanas convivieron con otros feligreses de La Margarita: estudiantes universitarios, albañiles y arquitectos descansando a media jornada, parejas de enamorados, músicos trasnochados, amas de casa entristecidas y teporochos que habían hecho de la pulcata su residencia perpetua durante el día. Hasta que aquel día vio venir hasta la barra a aquellos hombres y los escuchó pedir “el apoyo” para la Organización. “El apoyo” se había convertido en la charla común los últimos meses en el barrio: brigadas de hombres que semanalmente recorrían los locales comerciales de la colonia solicitando dinero a cambio de seguridad para los locatarios. Muchos comerciantes accedían por miedo. Para don Chava, al igual que otros, siempre estuvo claro: “mejor irse que trabajar para otros”. Así que escuchó, arqueó sus perladas cejas un par de veces y asintió otras tantas sin abrir los labios. Al terminar su letanía, los tres hombres salieron de La Margarita, cual heraldos de la desgracia.


  • Emiliano Pérez Cruz

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