Música, bailongo, brindis

Ciudad de México /

Dice que por la familia no quedó: hicieron todo lo posible para que los chiquillos del matrimonio hicieran su Primera Comunión. Católicos por herencia, los padres insistieron en que asistieran a tomar clases de doctrina cristiana, católica, con doña Natalia, la catequista de la colonia, de lunes a viernes en el domicilio de la señora.

Ya entrada en años, doña Natalia recitaba oraciones católicas con un sonsonete arrullador y a los cinco minutos, sin falta, ya dormitaba. Los adoctrinados aprovechaban para escabullirse, de puntitas para no despertarla, y sumarse a la chamacada que se divertía con el balón de futbol en la cancha vecina, levantando densas nubes de polvo.

Volvían al catecismo al mismo tiempo que la doña concluía las oraciones y despertaba al pronunciar la palabra “amén”.

Entonces tomaba el paquete de boletos y entregaba uno a cada asistente, que al iniciar el año sería su pase a la celebración del Día de Reyes en la misma sala donde adoctrinaba y se organizaba una kermés con locales donde canjeaban los boletos por juguetes o golosinas: arroz con leche, caramelo macizo, tejocotes que la mamá pondría en almíbar, caña dulce, cacahuates, naranjas y limas, limas y limones: más linda es la virgen que todas las flores...

Don Alfonso, ranchero guanajuatense, nevero y esposo de doña Nata, preparaba piñatas para la ocasión: estrellas, zanahorias, rábanos, negritas cucurumbé, todas con abundante fruta y dulces.

Se organizaba la procesión para pedir posada en los domicilios vecinos, que se negaba porque allí no era mesón: sigan adelante, hasta que en alguno la puerta se abría y con cánticos se pedía: entren santos peregrinos, para que a la media noche del 24 de diciembre una niña y un niño arrullaran al Niño Dios en una mascada y entre dulces de colación.

Luego don Poncho formaba a los chiquillos para vendarles los ojos y que a ciegas intentaran pegarle a la piñata. Grandes rebatiñas terminaban entre los tepalcates de la olla de barro para luego formarse y recibir el aguinaldo: una bolsita con dulces y frutas y un vaso con ponche caliente al que los adultos agregaban su “piquete”: un chorro de brandy o ron para atenuar el frío invernal.

Y luego la cena y de postre la capirotada. La música, los brindis y la plática se prolongaban hasta el amanecer, hasta que las mujeres llamaban para servir de almuerzo el recalentado: romeritos, tortas de bacalao, ensalada de frutas…

Aunque don Poncho sabía quiénes habían concluido el curso de catequización para hacer su Primera Comunión, a nadie negaba el derecho de participar en las posadas, a menos que armaran trifulcas. Y repartía aguinaldos sin discriminación.

—No se acaben sus boletos, guarden para canjearlos por juguetes el Día de Reyes, no se avoracen porque todavía faltan cosas buenas, chamacos…

Ni quién atendiera a sus palabras. Fuente de tentación, los puestos con golosinas se tambaleaban ante el empuje de los chamacos y los jalones de cabellos se multiplicaban, aunque enseguida volvían la calma, los brindis, y el baile, hasta que el cansancio se imponía y solo los aferrados seguían, trago en mano, la plática, plagada de añoranzas o planes para el ya inminente año nuevo.

Emiliano Pérez Cruz*

* Escritor. Cronista de Neza

  • Emiliano Pérez Cruz

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