Muy temprano de mañana

Ciudad de México /

Amanece. Felipe suspira y trepa al camión de transporte público que hace base a unas cuadras de su vivienda, muy cerca del extinto embarcadero donde alguna vez estuvo el lago. Tras de él, una treintena de pasajeros ocupan sus lugares, mientras otros se apretujan sobre el pasillo que separa las dos filas de asientos. En las calles los postes de alumbrado público aún permanecen encendidos. Algunos perros deambulan sin rumbo y las parvadas de aves escandalizan las copas de los árboles de la zona. Algunos charcos, producto de la lluvia de la noche anterior, aún permanecen.

De madrugada rumbo al Metro. Juan C. Bautista

El camión inicia su marcha y avanza rumbo a la estación terminal del metro, a una hora de distancia. En su interior, los cuerpos se bambolean y apretujan unos contra otros. Las desvencijadas ventanillas permanecen cerradas y se empañan; Felipe frota uno de los vidrios con su chamarra y mira a través del cristal el tenue amanecer sobre el camino. A la distancia, mientras el pesado vehículo sube uno de los pasos elevados, se divisa la enorme silueta del estadio de futbol de la ciudad, ahora apagado, sin las enormes luces que durante el día anterior le daban vida. Molote suspira cansado.

La noche anterior, al volver a casa después del trabajo, caminó muy cerca del estadio, donde la selección nacional de futbol se enfrentó a una selección europea. Debido al juego, todos los caminos aledaños al estadio permanecieron cerrados. “Hasta aquí llego”, dijo el chofer, y detuvo la marcha. Confundidos, los pasajeros descendieron del camión. Mientras algunos permanecieron sobre las aceras, otros comenzaron la marcha. Con la noche a cuestas, Molote recorrió a pie los seis kilómetros que le separaban de casa, mientras el agua de lluvia en escorrentía se colaba por su chamarra y se alojaba dentro de sus zapatos. Ocasionalmente, detenía su marcha para mirar hacia el estadio, desde donde las luces y los gritos del público brotaban y le erizaban el pellejo.

—Ya ni la amuelas —le reprochó doña Rosa, su mujer, horas después, bien entrada la noche, al llegar a casa—. ¿Dónde andabas a estas horas?

—Por ahí, por ahí —respondió, sin dar detalles

—Siempre es lo mismo. Seguro andabas en la fiesta.

—Voy, voy —respondió mientras se quitaba la chamarra y la exprimía entre ambas manos.

—¡Órale, métete! Ahorita te pongo una cubeta a calentar, para que te eches un baño. Te vas a agripar.

—Voy, voy —sentenció Felipe.


  • Emiliano Pérez Cruz

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