Pero hazte p’acá, mi buen

Ciudad de México /

El Porkys volvió del Otro Lado. Luego, se perdió de vista y en el barrio daban por hecho que ya era “huésped de horror” en el penal del bordo Xochiaca, no porque le supieran algo, sino porque de repente se juntaba con los malosos del barrio, y se pensó que en una redada se lo llevaron junto al Jacos, al Morrón y algunos más, pues no se le veía ya en la esquina de la vinata del Español…

—Pa’ mí que ya está en el tamborín, con uniforme de gala haciendo la maestría o el doctorado —aventuraban.

Pero no: se enfermó, dicen que de covid, y que una de sus hermanas lo atendió y aisló. La banda daba por hecho que andaba en el Otro Lado, huyendo del ICE para que no lo devolvieran.

El Porkys fue el tercero de los siete hijos que don Cuco y doña Lola trajeron a poblar este Rincón de Nezayork. Cursó la primaria en la Heroica Escuela Federal Guadalupe Victoria, y se hizo popular entre la tropa por su habilidad para la patada y el trompón, y por ser defensa en el Cuinos infantil: era un tanquecito al que difícilmente rebasaban los delanteros contrarios.

El apodó lo justificaba ampliamente con sus facciones, que fácilmente lo ubicaban entre alguna de las piaras que pastaban a orillas del río Churubusco. Además, justificaba sus jugadas futboleras golpeándose el pecho con los puños de ambas manos y gritando como marrano rumbo al matadero.

En el otro lado fue milusos, se empleaba en lo que fuera: jardinero, mensajero, chalán de albañilería, repartidor de mercancías…

Jamás envió un dólar a sus padres, pues apenas obtenía para sostenerse, al no contar con un oficio o profesión se le permitiera mayores ingresos.

Eso sí: se aficionó al consumo de la mari, mari, mariguana, y al volver a Mecsicou alguien de la banda le ofreció un guato de la verde para que se iniciara en la hechura y venta de pitillos del verde verdor que ataranta. Eso le ha permitido sobrevivir, ofertando churros a quienes considera potenciales consumidores, que en el barrio ni hay. Las escasos ganancias que obtiene le permiten solventar su dieta de blanquillos y frijoles de lata.

—Cuando chavos, muchas veces comíamos tortillas con sal, así que no soy exigente para llenar la tripa. Con dos o tres taquitos es suficiente. Ando en las vivas para ver dónde van a echar un piso, un colado, y me apunto para ser palero y preparar la revoltura, o le entró de botero, a cargar las latas de veinte litros de mezcla. No tengo familia propia, ni perro que me agarre de poste: yo con poquito la voy pasando.

Una de sus hermanas se condolió al verlo en la jodidez y le dio chance de construir en la azotea un cuartito de láminas donde caben una caja de cartón con su escasa ropa y un catre de lona donde se tiende cuando el cansancio lo vence.

—No me quejol: ahí la voy llevando. En el tianguis se pone un puesto de ropa usada y de vez en cuando se descuidan y me ajuareo con lo necesario pa’ no andar con los tiliches desgarrados. Este mes cumplo 64 años —dice y tararea la canción de Beatles que alude a esa edad. —¿Cómo ves? Pero hazte p’acá, por si pasa la patrol: que ni nos mire; deja darle fuego a este churrito, mientras platicamos, ¿cómo ves, mi buen? Pa’ la edad que tengo, creo que no me ha ido mal.


  • Emiliano Pérez Cruz

LAS MÁS VISTAS

Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite