Póngale a su burrito

Ciudad de México /

De poco a poquito los vecinos fueron mejorando sus viviendas, cercaron sus terrenos y las calles ya podían nombrarse tales, fueron tomando forma entre aquel desperdigado caserío que día con día crecía.

Sólo el cartucho de adobe y la cocineta del mismo material que don Teodoro había edificado, permanecían sin variación. La diferencia de edades de aquella pareja era evidente, al igual que la pobreza en la que vivían.

Los 80 años de Teodoro aún le permitían sacar la mesita de madera sobre la que colocaba la vitrina con varias celdas, llenas de dulces que ya no son populares: cocadas; pequeños, alargados y coloridos camotes poblanos envueltos en papel de china; muéganos, pepitorias, obleas de cajeta de Celaya; diminutas ollitas de barro rellenas con dulce de tamarindo espolvoreado con chile piquín; bolas de cacahuate con alma de azúcar en pasta; trompadas, garapiñados; bolas de chicle como canicas, coloreadas con anilina rosa, azul, verde, amarilla…

Praxedis, su cincuentera esposa, alimentaba un fogón con leña de huacales que recogía en los alrededores de la colonia; torteaba la masa de maíz y echaba tortillas sobre el comal de lámina, que antes fue tapadera de un tambo metálico. 

Las vecinas le hacían el gasto, pues se resistían a consumir las producidas en las aún no populares tortilladoras mecánicas que darían fin al oficio de la mujer que amasaba, hacia la bola que torteaba hasta dar forma a aquella cincunferencia amarilla que delicadamente depositaba en el comal para su cocción.

Muy sabrosas, las tortillas de Praxedis. Para los niños enrollaba una, con dos pellizcos formaba un par de orejas y la trompa de lo que ella consideraba un burrito:

–Tenga, cómase esto en lo que está su kilo; si le gusta el chile, póngale a su burrito, que allí hay salsa en el molcajete… 

Siempre procuraba un molcajete con salsa de jitomate y chile verde para su clientela.

De la venta de aquellas tortillas y de los dulces de don Teodoro, Praxedis juntaba el dinero para, los domingos, acudir a la caseta donde había que pagar al fraccionador el salitroso terreno adquirido en abonos. Luego volvía al fogón, “porque la gente también come los domingos, y quieren tempranito sus tortillas”. Ese día los chiquillos recibían un peso para gastar y en tropel acudían a la casa de Praxedis y los dulces de la vitrina de Teodoro aparecían en las terregosas manos de la chiquillada.

Un domingo también, los chiquillos llegaron con el chisme: hay un moño negro en la puerta de Praxedis. Entre curiosos y preocupados, los mayores acudieron y dieron el pésame a la señora de las tortillas.

–Ya mi viejo se entregó al Creador, Pachita. Se quedó así, dormido en santa paz.

No faltaron quienes se comidieron para ir por el cura y el doctor para que dieran fe del deceso de Teodoro, y avisaron en la agencia municipal para saber dónde lo enterrarían. A Praxedis no se le vio una sola lágrima. Puede que de tanto estar junto al comal se le hayan secado. Y no dejó a las vecinas sin tortillas. Ni pensarlo. Mientras los vecinos vestían al difunto, se dio a su trabajo, sin tregua.

–Me apuro y luego los acompaño para los rezos a mi viejo, que Dios lo tenga en su Santo Seno. Amén.

Y así lo hizo.


  • Emiliano Pérez Cruz

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