Que vivan las lluvias

Ciudad de México /
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Parece que va a llover, el cielo se está nublando y de repente: el cielo está encapotado, ay mamá: me estoy mojando, porque el paraguas nomás no se despliega o a las primeras de cambio se deshace.

El ciudadano que ama la lluvia toma las cosas con calma y busca la marquesina bajo la cual aguardará que cese el chubasco y luego irá a la parada del camión o la estación del metro más cercana a su corazón, donde todos aportan para que el aroma a guaguá remojado impere.

Unos corren inútilmente, porque el agua les empapa la cabellera, refresca la sesera, aunque la ropa desprenda fuerte aroma a jabón Zote.

La lluvia es pesadilla para automovilistas y conductores del transporte público. El tráfico se entorpece y piensan los choferes que a claxonazos despejarán el camino para llegar a su destino. Vaya desatino. Sólo sonorizan el caos urbano que uno se toma con calma, ni acelerarse porque  no se puede contra lo que no se puede, mientras el peatón, a ritmo retozón, llega de volada a su estación del metro, ingresa al vagón y aunque apretadito y sudoroso, avanza de estación en estación, rogando que a la salida no le toque remojón sabrosón.

La temporada de lluvias ya llegó, ya está aquí. Los urbanitas descubren que tirar basura en la calle ahora genera pesadillas. Cuadrillas de trabajadores buscan desazolvar el drenaje, trabajo que debieron hacer con anticipación. Pero, pues ellos no se mandan solos.

Los escolares se toman las lluvias como diversión y pisan los charcos con fuerza para salpicar a sus condiscípulos y celebrarlo a grito pelón.

Los vendedores ambulantes, algunos, cambian de giro y quién sabe de dónde se hacen de capas de hule que ofrecen al urbanita a cambio de unas monedas, llévela-llévela pa’ que no le de un torzón por el remojón, llévela-llévela…

En el metro impera el aroma a guaguá remojado. Cada metronauta aporta lo necesario para que el olor se recrudezca, y se respira con resignación. Ya falta menos para llegar a la estación destino, quizá afuera esté seco y quiera el Señor que no haya fila para abordar el camión. Pese a todo, la lluvia impone un tono de melancólica belleza a la monstruópolis que se lava la cara y refresca el corazón.


  • Emiliano Pérez Cruz

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