Son contadas las veces que una gobernante confiesa a su pueblo y al mundo, en un acto solemne de rendición de cuentas, que el amor guía sus pasos. Son menos todavía los casos en que, a esa declaración de principios, a esa forma radicalmente distinta de concebir el deber de una jefa de Estado, sigue la enumeración de los resultados concretos que se obtienen cuando el amor se convierte en política pública.
“Consolidamos —dijo Claudia Sheinbaum Pardo— un proyecto que nace desde abajo y pone en el centro la igualdad, la justicia y el bienestar”. Aquí está el amor al que se refiere la Presidenta; el esfuerzo de volcar toda la fuerza del Estado —y por el bien de todos— al servicio de quienes, en el periodo neoliberal, fueron condenados a la marginación y despojados de sus derechos más elementales.
Un nuevo pacto social, en el que “el rumbo lo marca el pueblo que —como dice la Presidenta— es nuestro camino y es nuestro destino”, está en marcha en nuestro país y nos convierte en ejemplo, inspiración y esperanza para el mundo. Que un tercio de la población, 42 millones 860 mil mexicanas y mexicanos, sea beneficiario de los programas sociales que, ya son derechos constitucionales, es la demostración de que el amor y la honestidad dan resultados siempre.
El mandato es claro: “La riqueza de México —lo dice Claudia Sheinbaum Pardo— debe convertirse en bienestar para su pueblo”. La tarea del gobierno y del Estado es garantizar que esto se cumpla. Por eso además del billón de pesos anual para los programas del bienestar, el gobierno se empeña en la construcción de obras que el neoliberalismo concesionaba a particulares, en el rescate del sistema de salud pública que el PRIAN demolió, en la creación de más espacios en las escuelas de educación media y superior para los jóvenes a los que la derecha abandonó a su suerte.
Lo logrado en apenas 23 meses es mucho; lo que queda por hacer, demasiado; 36 años de neoliberalismo nos dejaron un país ensangrentado, injusto, desigual. De transformarlo se trata y en eso, con la fuerza combinada del amor, la convicción y la honestidad, está empeñada la Presidenta. En esta tarea que no permite “someterse ni detenerse” ni un instante, no está ni estará sola nunca.