No pueden contenerse; por más disfraz ciudadano que traigan puesto, se les sale el represor que llevan dentro. Menos todavía pueden hacerlo cuando la ola de triunfos de la ultraderecha en América Latina les confirma que la “mano dura” es electoralmente rentable y los envalentona.
Abelardo De la Espriella, caminando, pistola al cinto, entre cadáveres. Javier Milei, reprimiendo violentamente a los jubilados. José Antonio Kast, repartiendo toletazos y rociando con gases lacrimógenos a estudiantes y, allá en el norte, los asesinatos, la brutalidad con la que los agentes del ICE persiguen y capturan a las y los migrantes.
Ganaron quienes prometieron poner fin a los excesos de la plebe e imponer el orden en Colombia, Argentina, Chile. Ganó Donald Trump, a quien no le tiembla el pulso. La violencia represiva del Estado es un mensaje que, si se televisa, resulta aún más efectivo. ¿Qué puede salir mal si procedo con dureza ejemplar? En eso debe haber pensado Pablo Lemus antes de ordenar a su policía cargar contra quienes protestaban.
Por eso salió diciendo, poco después de los hechos: “Hemos sido tolerantes hasta extremos criticables”.
No pidió perdón por la brutalidad con la que actuaron sus policías. No ordenó la inmediata liberación de los detenidos; por el contrario, los remitió a un penal de alta seguridad. Como un vulgar perdonavidas, a la manera en que lo hizo en 1968 Gustavo Díaz Ordaz, justificó así el gobernador de Jalisco la represión. Se pasaron de la raya y les dimos su merecido fue el mensaje que, en el colmo de la arrogancia, quiso enviar.
Se equivocó el gobernador de época, de país y, sobre todo, de pueblo y, obligado por las movilizaciones en Guadalajara y la ola de indignación nacional, tuvo que recular.
Aquí sólo una minoría ignorante y fanatizada que comulga con las ruedas de molino con las que se alimentan la comentocracia y las granjas de bots de la ultraderecha, cae seducida, como en Argentina, Colombia o Chile, en manos de esos megalómanos a los que no les tiembla el pulso.
Aquí amamos la libertad por la que tanto hemos luchado y tan alto precio hemos pagado. Aquí, a la represión, a personajes que se atreven a ordenarla, como Pablo Lemus, les hemos marcado el alto.