¿Ante el poder totalitario?

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Al poder contemporáneo no se le derrota por medio de la resistencia ni de las reformas. 

Tal es la propuesta de Nick Land en “La Ilustración oscura”, como hemos leído en las últimas semanas.

El poder se desvanece cuando se le quita el sustento: la participación ciudadana, la legitimación y el sentido moral. A este gesto le llama la “salida”.

Pero esta estrategia tiene un límite muy claro. La salida no es posible donde el poder ya no necesita ser reconocido; es decir, cuando se vuelve totalitario o se impone por medio de las armas.

Este tipo de poder no necesita legitimación, ni consentimiento, ni un relato moral. Actúa en territorios donde no hay ficción que desmontar.

Estos poderes no absorben la crítica, sino que la eliminan. Un poder totalitario no requiere participación: exige obediencia. No necesita debate, sino que impone silencio.

No administra legitimación simbólica; solo ejerce coerción directa.

Aquí aparecen los límites del pensamiento de Land, o sus pronunciadas paradojas.

En estos contextos, no hay salida estructural posible. No hay desacople gradual ni abandono silencioso. El poder no se alimenta de la creencia, sino del miedo.

El poder totalitario y las economías ilegales no operan dentro del marco ilustrado.

No prometen derechos, no invocan ciudadanía, no apelan a la razón pública.

Allí, la salida no es una estrategia. La única opción posible es la huida o el colapso.

Al ver las noticias nos hacemos la pregunta, ¿estamos hoy ante el fin de la democracia, dentro de un poder totalitario?

La respuesta no es simple. Tanto en México como en Estados Unidos no se han elevado dictaduras clásicas, pero la democracia ya no es funcional.

Para responder esta pregunta, es necesario abordar otra de las ideas centrales de Land: el aceleracionismo.

El aceleracionismo no es una actitud, es un diagnóstico: ciertos sistemas de poder no colapsan por factores externos, sino por sus propias contradicciones internas.

Cuando el poder totalitario se sostiene únicamente en la coerción —sin legitimación, sin consenso—, requiere violencia constante para funcionar.

Eso lo vuelve ineficiente, costoso, y finalmente insostenible.

No puede innovar porque debe controlar. No puede delegar porque le es necesario vigilar.

No puede reducir la fuerza porque perdería el control.

El poder no cae dramáticamente, pero tampoco se estabiliza. Se fragmenta en zonas de control, se endurece localmente, se vuelve más errático y más brutal.

A este proceso —lento, desigual, a veces invisible— Land lo llama colapso.

No es súbito. Es una erosión. Y la pregunta clave no es si el colapso llegará, sino si ya está ocurriendo y no hemos sido capaces de reconocerlo.

De esta manera exploraremos en la siguiente entrega qué está ocurriendo hoy con el poder y qué podemos hacer para confrontarlo.


fernandofsanchez@gmail.com

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