De primeras líneas

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /
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Se dice que las primeras líneas de un libro determinan si un lector continuará leyendo la obra que comienza.

Es posible que así sea.

Las primeras líneas se parecen al primer saludo entre dos desconocidos, a la primera mirada de los amantes o a la primera impresión en una entrevista de trabajo.

La importancia de las primeras líneas es antigua. La novela inaugural de nuestra tradición es tan famosa como su entrada: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”.

Si queremos ir más atrás, remontémonos al siglo VIII a.n.e., para escuchar el inicio de “La Odisea”: “Cuéntame de aquel hombre complicado, Musa. Cuéntame cómo erró y se extravió después de asolar la sagrada Troya” (traducción al español de la versión de Emily Wilson).

O si deseamos ir todavía un poco más atrás, leemos en el Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Las primeras líneas son una fórmula. Nos introducen en el espacio, el tiempo o la lógica de un nuevo universo.

Son, también, un adelanto cifrado de la obra, un pacto que establece estilo, ritmo e intensidad.

No son las de sintaxis más sofisticada, las más líricas o cargadas de simbolismo.

Algunas son secas, con lenguaje directo y simple. Su fuerza consiste en definir un tema de gran importancia o trazar el inicio de una acción irrevocable.

Aunque su magnetismo es misterioso, quizá incuantificable, basta una buena primera línea para sembrar el deseo de leer cientos, miles de páginas.

No todos los libros tienen la fortuna de contar con una primera línea de antología.

Pero, en algunos casos, la entrada es tan agraciada que acumula múltiples significados.

Tal es el caso del libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas, “Prohibido soñar de pie” (Ficticia editorial, 2026).

Se trata de una colección de 15 cuentos que “permiten acceder a las numerosas lastimaduras que presupone la existencia”.

La primera pieza navega en siglos de tradiciones literarias.

Se titula “Microrrelato total”. Lo incluyo íntegro a continuación.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?”.

Este relato nos prepara para entrar en “Prohibido soñar de pie”, un libro que, desde su primera línea, ya promete más de lo que anuncia, como veremos en la siguiente entrega.

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