Saludé a un colega en un pasillo de la universidad. Los dos dijimos estar bien, considerando que nos aproximábamos al fin del mundo.
Luego nos reímos. La breve conversación era producto de cierto humor negro que caracteriza a algunos académicos.
No obstante, también fue una manera de reconocer el sentir de las últimas semanas, que comento a continuación.
En enero, Mark Carney —recién electo primer ministro de Canadá— reconoció en el Foro Económico Mundial de Davos el quiebre del antiguo régimen global.
El mundo enfrenta una fractura estructural, dado que los acuerdos previos de cooperación y respeto ya no están vigentes.
Los países con poder intermedio —como México y quizá Canadá— deben crear estrategias y formar alianzas para defenderse de la coerción de los más fuertes.
En otras palabras, Carney declaró el fin del contrato creado después de la Segunda Guerra Mundial, que confirmó acuerdos establecidos en la Ilustración y las revoluciones democráticas.
A este discurso se suma el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial.
Según artículos recientes, los modelos de IA han comenzado a optimizar su propio código, refinando sus procesos de manera autónoma.
Así, han alcanzado niveles de eficiencia que antes tomaban años de ingeniería humana.
Esa es la razón por la que OpenAI, por ejemplo, ha lanzado nuevos modelos en lapsos cada vez más cortos.
Se anticipa que la inteligencia artificial seguirá desarrollándose y que muy pronto reemplazará a empleados en servicios, ventas, finanzas, programación y más, cambiando para siempre el mundo laboral.
Esta noticia confirma el temor hacia las máquinas, visibilizado en filmes y obras literarias que anuncian el desplazamiento de lo humano por una inteligencia fría, autosuficiente, que marcará nuestra extinción.
Pero esto no es todo. También el mes pasado, el “Bulletin of the Atomic Scientists” adelantó el reloj que simboliza el peligro de colapso global.
Instituido en 1947 tras el uso de las bombas atómicas, el reloj ha cambiado diecisiete veces.
En 1991 se alejó a su punto más optimista: 17 minutos antes de la medianoche.
Hoy marca 85 segundos, el nivel más cercano a la destrucción. Una cifra que resuena con la advertencia de Carney.
A este panorama mundial debemos añadir el aumento de la violencia en México.
Según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, diecisiete de las cincuenta ciudades más violentas del mundo son mexicanas.
Culiacán se encuentra en el 6° lugar mundial, con más de 103 homicidios por cada 100 mil habitantes.
Sin duda, este momento representa una amenaza contra la seguridad física, psicológica y temporal.
Incluso para algunos, el simple hecho de salir a la calle puede acabar con su vida.
De manera que cabe preguntarnos si debemos tomarnos en serio los signos que apuntan a un final de los tiempos o si simplemente son un espectáculo de violencia mediática.
Considerando que el Homo sapiens ha estado en la Tierra por al menos trescientos mil años, es difícil admitir un final definitivo.
Posiblemente tendríamos que hablar del fin de nuestra civilización tal como la hemos conocido.
En la siguiente serie emprenderé un viaje transversal en el tiempo y el espacio.
Contemplaré la existencia de diversos finales.
Abordaré los relatos de otros grupos humanos que se desintegraron en este mismo territorio que habitamos:
los mexicas ante la llegada de los españoles, la caída de Teotihuacan, los chichimecas ante la sequía de ríos como el Nazas.
En la experiencia de miles de generaciones que vieron el principio y el fin, estimado lector, quizá encontremos un conocimiento más profundo de nuestro destino humano.
Este no es el primer fin del mundo que presenciamos aquí.
fernandofsanchez@gmail.com