La semana pasada, los hijos de Meztli llegaron a Tula buscando el esplendor de los abuelos toltecas. Como veremos hoy, solo encontraron ruinas.
Entraron en una ciudad enterrada bajo la hierba y el silencio.
Los techos habían colapsado dejando los espacios ceremoniales expuestos al cielo.
Las paredes de los edificios, en especial del Palacio Quemado, estaban ennegrecidas por efecto de un incendio general.
Los chac mool, semiacostados y con las rodillas dobladas, estaban decapitados.
Y los cuatro guerreros de casi cinco metros de altura —los atlantes— se hallaban enterrados.
Antes, habían sostenido el techo del templo como columnas, en la cima de la Pirámide B.
Aquella ciudad muerta y mutilada alguna vez había albergado a sesenta mil habitantes, a lo largo de un esplendor de dos siglos y medio.
Es muy probable que los mexicas hubieran tenido noticia de esa gran ciudad, como la tuvieron de Teotihuacan.
Así confirmaron que el tiempo no era lineal, sino una serpiente que se muerde la cola, una serie de mundos y migraciones.
Al terminar el siglo VI d.n.e., Teotihuacan cayó tras siglos de esplendor, y sus pobladores emigraron al norte, de regreso a su lugar de origen.
Entre los siglos VII y IX, grupos como los Chalchihuites y Purépecha —descendientes de Teotihuacan— vivieron en contacto con culturas del norte: los Hohokam, Mogollón y Ancestral Pueblo.
Hacia finales del siglo IX, algunos de estos grupos regresaron al sur para fundar Tula. Trajeron elementos norteños: el chac mool, el tzompantli y los claustros rituales.
Ahora tocaba a los mexicas ver con sus propios ojos la extinción de una oleada civilizatoria.
Y fue allí mismo que reconocieron su linaje y las razones de su lucha.
En su prisión de polvo, los atlantes portaban tocados de plumas estilizadas, pectorales en forma de mariposa y faldas con motivos de plumas.
En la mano izquierda sostenían el atlatl o lanzadardos, y en la derecha una bolsa de incienso.
En este atuendo se cifraban los motivos de la guerra cromática sagrada a la que ellos se habían entregado para resguardar la tiranía del equilibrio.
Y no solo eso.
Identificaron las serpientes talladas en las paredes en el recinto ceremonial de Tula Grande.
Eran serpientes de cascabel esculpidas en relieve, con las fauces abiertas, devorando esqueletos humanos.
Representaban el sistema de creencias común a los grupos que habían fundado ciudades y migrado por los desiertos, montañas y valles durante siglos.
Se trataba —precisamente— del concepto del tiempo circular y de un registro del comportamiento del cosmos.
Aquellas serpientes en la base de las pirámides describían la posición del sol en el horizonte, los solsticios, los equinoccios.
En otras palabras, exponían el conocimiento para cultivar y elevar ciudades; la fórmula para dar vida —una vez más— a un nuevo ciclo de la serpiente.
Pero ¿cómo revivir ese esplendor si los hijos de Meztli eran apenas un clan menor en la cuenca de México?
La respuesta ya la conocían: la guerra.
Con el Xiuhcoatl o serpiente de fuego, Huitzilopochtli se impondría como un nuevo sol, ahora en un ambiente agrícola y bajo el cielo del sur, para fundar un imperio, como lo veremos en la siguiente entrega.