El útero sagrado de las lagunas

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Los mexicas partieron de Aztlán. En el camino, según leímos la semana pasada, atravesaron Chicomoztoc, el útero de las siete cuevas.

Según “La tira de la peregrinación” o “Códice Boturini”, los mexicas llegaron a Chicomoztoc con otros siete grupos o calpullis.

La ubicación de las cuevas, como la de Aztlán, no se ha encontrado en el mapa.

Su función es mítica y simbólica, más que material. No obstante, los códices la localizan en el norte de México.

Aquí es donde comenzamos a viajar no solo en el espacio y en el tiempo, sino en la vida y la muerte.

Chicomoztoc es la puerta del origen. Y es también el portal hacia el inframundo: el límite, la frontera, la ruta hacia el Mictlán.

Así llegamos a lo que ahora es la Comarca Lagunera.

Es muy probable que los mexicas comenzaran su migración en el suroeste de los Estados Unidos, como lo hicieron por siglos otros grupos Uto-aztecas.

A la par de estos hermanos (como lo sugiere “La tira de la peregrinación”), caminaron por el lado poniente de la Sierra Madre Occidental.

Desde allí bajaron por el Nazas y el Aguanaval hacia las lagunas o charcos.

La cuenca de los ríos no desembocaba en el mar, sino que se extendía en el terreno sinuoso y salado, uniendo el verde de las montañas y la sequedad del desierto.

Mucho ha cambiado desde aquel entonces, pues las lagunas ya no existen luego de que se construyeron las presas.

Pero justamente en esa zona de encuentro pretérito, la roca de los cerros y las colinas se abre en forma de cuevas, como desembocaduras del inframundo.

Dos ejemplos serían la Cueva del Coyote y la Cueva de la Candelaria, muy cerca de Torreón.

En ambas se encontraron petroglifos y objetos mortuorios (tejidos, cerámica, conchas de mar, redes, sandalias, entre otros), incluyendo cráneos y cuerpos momificados.

Fue el arqueólogo Alfredo Chavero en el siglo XIX quien propuso que estas cuevas, conocidas por mineros y habitantes locales, representaban una escala de las culturas mesoamericanas.

Tuvo que pasar casi un siglo para que Walter W. Taylor confirmara que en estas cuevas se encontraban artefactos que no pertenecían exclusivamente a los cazadores recolectores de Aridoamérica.

La cerámica y los tejidos textiles, por ejemplo, apuntaban a una cultura agrícola y sedentaria, propia de la sierra de Durango y de la región del Zape en Chihuahua.

Asimismo, otros objetos como los guardapúas y las navajas con mango sugirieron una influencia de las culturas urbanas del sur.

Todo parecía apuntar a que la Región Lagunera, fin y comienzo del agua, había sido un nodo entre las diferentes culturas del norte y del sur, y de la montaña y el desierto.

Ante tal evidencia, la antropóloga Leticia González Arratia propone una hipótesis muy sugerente.

Dice que los tepehuanes de la sierra (primos de los mexicas) hacían largas peregrinaciones religiosas hasta las grutas cercanas a las lagunas para enterrar a sus muertos más ilustres.

La senda era larga, entre 40 y 140 kilómetros, desde su tierra hasta los confines del mundo de los vivos.

Cabe la posibilidad de que uno de esos grupos que convergían para realizar rituales en La Laguna fueran los mexicas.

La escena en Chicomoztoc correspondería a una iniciación mágica en el útero sagrado de las lagunas.

De esta manera continuamos el viaje por la historia, los mitos y la imaginación, reconstruyendo las bases del último gran imperio indígena.

Como veremos en la siguiente entrega, el calor y ardor del desierto empezó a latir en su deidad primera, Huitzilopochtli, dios de la guerra y el sol.

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