Entrevista Díaz-Creelman (1908): La clase media y los obstáculos de la democracia

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

—Es una creencia extendida —dijo Creelman— que las instituciones verdaderamente democráticas no pueden nacer y subsistir en un país en el cual no existe la clase media —concluyó.

El presidente Díaz se volvió a su entrevistador, le clavó una mirada penetrante y movió la cabeza para responder:

—Es verdad —dijo. Luego acotó—: México tiene hoy una clase media, pero no la tenía antes. La clase media es aquí, como en todas partes, el elemento activo de la sociedad.

“Los ricos están demasiado preocupados por sus mismas riquezas y dignidades para que puedan ser de alguna utilidad inmediata en el progreso y en el bienestar general. 

Sus hijos no tratan de mejorar su educación o su carácter. Pero, por otra parte, los pobres son a su vez tan ignorantes que no tienen poder alguno.

“Es en la clase media —añadió el presidente—, surgida en gran parte de los pobres pero también en alguna forma de los ricos (una clase media que es activa, trabajadora, que se mejora a cada paso), en la que una democracia debe confiar y descansar para su progreso.

“Antiguamente, no teníamos una verdadera clase media en México, porque las conciencias y las energías del pueblo estaban completamente absorbidas por la política y la guerra. 

No había garantías para la vida o la propiedad y es lógico que una clase media no podía aparecer en estas circunstancias.”

—General Díaz —interrumpió Creelman—. Durante treinta años, los destinos de este país han estado en sus manos para moldearlos a su gusto; pero los hombres mueren y las naciones continúan viviendo. ¿Cree usted que México puede seguir su existencia pacífica como república?

—El futuro de México está asegurado —aseguró el presidente con voz clara y firme—. 

Pero la mayor dificultad corresponde a que el pueblo no se preocupa lo bastante acerca de los asuntos públicos como para formar una democracia. 

El mexicano, por regla general, piensa mucho en sus propios derechos y está siempre dispuesto a asegurarlos. 

Pero no piensa mucho en los derechos de los demás. Piensa en sus propios privilegios, pero no en sus deberes.

La atezada piel del presidente, sus brillantes ojos y su paso elástico y ligero iban bien con el tono de sus palabras. El presidente continuó:

—Los indios, que son más de la mitad de nuestra población, se ocupan poco de la política. Están acostumbrados a guiarse por aquellos que poseen autoridad, en vez de pensar por sí mismos. 

Sin embargo, yo creo firmemente que los principios de la democracia han crecido y seguirán creciendo en México —concluyó el general Díaz.

—Pero, señor presidente —aclaró Creelman—, usted no tiene partido oposicionista en la república. 

¿Cómo podrán florecer las instituciones libres cuando no hay oposición que pueda vigilar a la mayoría o al partido del gobierno?

El presidente cruzó los brazos sobre el ancho pecho y habló con gran énfasis:

—Es verdad que no hay partido oposicionista —dijo—. Tengo tantos amigos en la república que mis enemigos no parecen estar muy dispuestos a identificarse con una tan insignificante minoría. 

Pero no importa lo que digan amigos ni partidarios; me retiraré cuando termine el presente periodo y no volveré a gobernar otra vez. Para entonces tendré ya ochenta años.

Creelman observó en aquel momento: “Para quien ha sufrido las privaciones de la guerra y de la cárcel, y hoy se levanta a las seis en punto de la mañana para quedarse trabajando tarde por las noches hasta el máximo de sus fuerzas, la condición física del presidente Díaz (quien es además un gran cazador y sube la escalinata del palacio de dos en dos escalones) es casi increíble.”

*Edición libre de la Entrevista Díaz-Creelman (1908); traducción de Mario Julio del Campo.

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