La emergencia de un relato

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

¿Qué está ocurriendo hoy con el poder? ¿Qué podemos hacer para confrontarlo?, pregunté la semana pasada, partiendo de Nick Land y su libro “La Ilustración oscura” (2019).

Ante el agotamiento de la democracia ilustrada y la imposibilidad de salir de este proceso histórico (salvo mediante el desacople o el colapso), ¿qué nos queda?

Al leer las noticias de los Estados Unidos, el diagnóstico es alarmante: erupciones de violencia estatal, versiones oficiales que contradicen realidades documentadas en video, arresto de periodistas.

En Latinoamérica, hay gobiernos que conciben el orden disciplinario como sinónimo de bienestar social; otros, se erigen autoritariamente hasta consumarse en dictaduras.

En México, el impulso reformista constante puede terminar funcionando como una máquina de concentración: cambios legales que desplazan la pluralidad, saturan la discusión pública y reducen el margen para el disenso.

La pregunta nace sola: ¿es ya demasiado tarde para enfrentar el totalitarismo? ¿Los instrumentos de la democracia liberal —manifestación, resistencia, voto— se han vuelto obsoletos? ¿O solo dilatan lo inevitable?

La respuesta no es simple, pero tampoco desesperanzadora. Existe una diferencia crucial entre el totalitarismo consumado y el poder que todavía está en transición.

Esa diferencia reside en el relato. Aun en su endurecimiento, el poder contemporáneo no ha dejado de depender de la narrativa. Todavía necesita explicarse.

Esa dependencia ya no adopta la forma clásica de legitimación democrática —convencer, deliberar, representar—. Pero el Estado todavía necesita generar sentido.

El Estado puede prescindir de la participación efectiva, pero todavía le resulta costoso funcionar sin una historia que explique por qué manda, a quién protege, de quién nos salva y qué desastre evita.

Cada vez que el Estado nombra enemigos, invoca emergencias o promete orden frente al caos, está construyendo este relato para reflejarse e incluir a sectores ciudadanos.

Por eso las tensiones entre ciudadanía y Estado no son un accidente: son un síntoma.

Mientras habla, se expone. Mientras justifica, revela qué teme. Cuando fabrica razones, admite que todavía necesita darlas. Y ahí —en esa necesidad— persiste una vulnerabilidad.

Si pudiera, no discutiría ni explicaría para cuadrar la realidad. Simplemente impondría el silencio.

En este escenario de causa y efecto, existe todavía una oportunidad, una zona de maniobra política.

Mientras el poder dependa del relato, puede ser desafiado y obligado a hablar.

Así, todavía se le puede detener —al menos parcialmente—, exponiendo sus contradicciones.

La pregunta práctica, entonces, no es si podemos “salvar la democracia”, sino qué podemos hacer para que el poder no cruce el umbral donde ya no necesita al pueblo ni relato legitimador.

Ese umbral es el verdadero peligro.

En la siguiente entrega exploraremos tres formas para usar la única oportunidad que nos queda antes de que el silencio sustituya la palabra.


fernandofsanchez@gmail.com

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