La Ilustración que ya no es

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Nos quedamos conversando con los mayores en las fiestas de fin de año la semana pasada y escuchamos sus relatos de un mundo pretérito.

De alguna manera, tenemos que aceptar que su mundo es muy parecido al nuestro. En la base, ambos se sostienen sobre las premisas del liberalismo ilustrado clásico.

La Ilustración nos prometió domesticar el poder. No necesariamente eliminarlo, sino someterlo a la razón.

La razón debía sustituir a la fuerza; la ley, a la arbitrariedad; la participación, a la obediencia.

El poder seguiría existiendo, pero sería transparente, con límites, disciplinado.

Ese fue el gran pacto de la modernidad que todavía anima nuestras expectativas.

Pero ¿es eso lo que encontramos en el mundo político actual?

Nick Land nos dice que no, que ese pacto fracasó, y expone las razones en su libro “La Ilustración oscura”.

El motivo no fue exactamente la corrupción moral, sino una falla estructural: los mismos mecanismos que fueron diseñados para contener el poder terminaron fortaleciéndolo.

En primer lugar, la razón —que debía ser una herramienta crítica— se convirtió en ideología. Hoy determina qué puede ser pensado y dicho.

Todo lo que está fuera de ese marco ideológico se patologiza, moraliza o se expulsa del debate, como podemos ver en las redes sociales.

Así, la razón se revela incapaz de limitar al poder.

En segundo lugar, la ley —que debía fijar fronteras claras— se transformó en procedimiento infinito.

Como en una historia de Kafka, cada problema generó una nueva norma; cada excepción, un reglamento; cada conflicto, una instancia adicional.

La ley no sirve para disciplinar al poder. Todo lo contrario: el poder se ejerce por medio de la ley.

Y, por último, la participación ciudadana —que debía equilibrar al soberano— se volvió ruido.

La gente participa demasiado y en todas direcciones. Opina, demanda, exige, se indigna, hace consultas.

Pero el sistema no escucha, solo absorbe. Todos hablan todo el tiempo, pero nadie responde, como en una fiesta en la que todos participan pero nadie conversa.

Así, la voz del pueblo no corrige al poder: lo legitima por cansancio.

Estas tres transformaciones produjeron una paradoja. El poder ya no se concentra en una figura visible —como temían los ilustrados—, sino que se ha dispersado.

El poder ahora es técnico, moral, burocrático, pedagógico. No hay un soberano concreto. 

No hay un centro que asaltar, como en una revolución. El poder opera como clima que todo lo rodea.

De esta manera, Land muestra que la idea que estructuraba el sentido de los estados-nación ha desaparecido. 

Es el mismo gesto que reconocemos en las conversaciones de los mayores cuando evocan el mundo —nuestro mundo— que ya se fue.

¿Hay alguna alternativa ante esta situación? Land propone una idea tan inquietante como radical: abandonar el poder. 

Ese será el tema que exploraremos en la siguiente entrega.


fernandofsanchez@gmail.com

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