La luz al principio de la oscuridad

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /
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Mientras Circe y yo compartíamos el lecho —continuó Odiseo—, cuatro ninfas, hijas de las fuentes y las arboledas y de los ríos sagrados que desembocan en el mar, trabajaban a lo largo del palacio.

Una cubrió las sillas con mantos púrpura; otra colocó mesas de plata con canastas de oro; la tercera preparó vino en un caldero plateado y lo sirvió en copas de oro; la cuarta hirvió agua bajo un trípode.

Fue ella quien me llevó a una tina y comenzó a bañarme. El agua tenía la temperatura perfecta.

Después me untó aceite y me vistió con una capa y una túnica de lana fina. 

Me llevó de la mano hacia una silla bellamente labrada y adornada con tachuelas de plata. Puso un taburete para reposar los pies.

Otra de ellas me ofreció agua para lavar mis manos, mientras un cocinero sirvió pan y un abundante banquete. Pero no quise dar un bocado.

—¿Por qué no comes, Odiseo? Juré no hacerte daño, ¿recuerdas? —me dijo Circe.

—Un hombre decente no puede comer y beber vino si sus hombres no son liberados.

La diosa abrió el chiquero y los dejó entrar, tan grandes como gordos jabalíes.

Caminó entre ellos. Les untó una poción. Las cerdas, que antes habían crecido, desaparecieron. Volvieron a ser hombres.

Pero parecían más jóvenes que antes, mucho más apuestos y altos. Me reconocieron y uno por uno me agradecieron.

—Ve ahora a la nave, sácala a tierra y regresa con tu leal tripulación.

Allí, en la costa, todos creyeron mi historia menos Euríloco.

—¡Tontos! No acompañen a Odiseo. Nuestros amigos murieron en la cueva del Cíclope por sus malas decisiones.

Tuve el deseo de sacar mi larga espada y cortarle la cabeza. Pero mis hombres lo evitaron.

Al fin, vino con nosotros, temiendo mi furia.

Circe ya había liberado a otros hombres. Luego los bañó con cuidado y los frotó con aceite.

Los encontramos comiendo en el salón. Los hombres, descubriendo su rostro frente a frente, comenzaron a llorar. Circe me dijo:

—Hijo de Laertes, detén estos lamentos. Sé que han sufrido demasiado en el mar lleno de peces y en la tierra de criaturas hostiles. 

Pero ahora es momento de comer y de beber. Solo así podrán recuperar la misma fuerza de cuando zarparon de Ítaca a la guerra.

Y así lo hicimos. Por un año entero comimos carne y bebimos dulce vino.

Vivimos los meses, el cambio de las estaciones y la duración de los días. Entonces mis hombres me llamaron y dijeron:

—Ahora es tiempo de pensar en nuestra tierra, si es que estás destinado a regresar.

Mi alma de guerrero asintió. Por todo un día comimos y bebimos. Pero, cuando el sol se puso y llegó la oscuridad, subí a la espléndida alcoba de la diosa. Le toqué las rodillas y, suplicante, le dije:

—Cumple tu promesa. Mi corazón quiere irse ahora.

Y ella me contestó:

—Gran rey Odiseo, no debes permanecer en contra de tu voluntad. Aunque antes debes hacer otro viaje: ve a la casa de Hades y de la espantosa Perséfone; encuentra al profeta de Tebas, el ciego Tiresias; pide su consejo.

Aquello me rompió el corazón. En un segundo había perdido las ganas de vivir y de volver a ver el sol. Cuando terminé de sollozar, le dije:

—Pero Circe, ¿quién puede guiarnos en esta travesía? Nadie hasta ahora ha navegado al Hades en un barco.

—Tú eres el ingenioso rey Odiseo. No te preocupes. Eleva las blancas velas y navega. Los vientos del norte empujarán la nave.

Al amanecer, su trono dorado resplandeció. Circe me cubrió con el manto y la túnica. Ella llevaba un largo vestido blanco, un cinturón de oro y un velo en la cabeza.

—Despierten —les dije a mis hombres—. Nos tenemos que ir.

Elpenor, el más joven, se encontraba en el techo, luego de haberse emborrachado la noche anterior. 

Al escuchar el alboroto, cayó al suelo y se quebró el cuello. Su espíritu se fue al Hades.

—Quizá piensan que regresamos a casa —les dije a todos—. Pero no.

Ya en la nave, Circe ató una oveja negra y un carnero. A pesar de nuestra pena, comenzamos a navegar.

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