La salida del poder

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

No resistir el poder sino abandonarlo fue una de las conclusiones de la semana pasada.

Ante un poder que absorbe y un aparato legislativo que crece y crece —y que solo dilata decisiones—, en "La Ilustración oscura" Nick Land propone “salir del poder”. Pero, ¿qué quiere decir exactamente “salir”?

No significa organizar una rebelión ni un movimiento de resistencia; tampoco, entregarse a la desobediencia civil, ni mucho menos hacer una retirada moral.

No está hablando de un gesto heroico ni de un llamado ético, como ocurrió en el siglo XX.

Se refiere a una operación que desmonta el poder. Salir significa abandonar los circuitos que lo alimentan.

La democracia moderna no se sostiene solo por coerción, sino por participación, legitimación simbólica y dependencia institucional.

Cada voto, protesta o debate público, confirma que el sistema sigue siendo el espacio donde las cosas se deciden.

Incluso la crítica más aguda suele reforzar esa centralidad. Se protesta, se discute, se exige dentro del mismo sistema.

En consecuencia, el poder absorbe todo eso como prueba de su funcionamiento.

Salir, en cambio, es dejar de sustentar esa ficción.

En términos concretos, la salida es un desacople de la dependencia al Estado, de sus marcos morales y de sus dispositivos de legitimación.

Salir es preferir gobiernos funcionales a identidades políticas.

Es optar por sistemas que respondan con consecuencias claras, no con procedimientos interminables.

Es migrar —literal o simbólicamente— hacia espacios donde el error tenga costo y la eficiencia tenga premio.

Desde esta perspectiva, abandonar el poder es dejar de reconocerlo como centro de sentido. 

Es no acudir al Estado como último árbitro. Es no verlo como horizonte donde se construye el individuo.

Esta es una crítica directa al populismo o a cualquier movimiento “mesiánico” que, en vez de crear autonomía, produce dependencia económica e ideológica.

México tiene siglos de experiencia en este ciclo: promesas de transformación que terminan en nuevas formas de dependencia institucional.

Lo mismo sucede en el resto de Latinoamérica. Las últimas décadas muestran un patrón: beneficios económicos temporales a cambio de derechos que nunca regresan.

La estrategia de la salida solo funciona en el ambiente de la democracia liberal ilustrada.

Si la democracia depende de la legitimación, la participación y la complejidad institucional —ese relato que la legítima—, la salida —con su silencio— ataca sus cimientos.

Pero ¿qué pasa cuando el pueblo se enfrenta a un poder totalitario o a un poder criminal armado que ya no depende de una ilusión ilustrada que desmontar?

Es una pregunta cuya respuesta nos interesa más que nunca.

Vayamos con esta idea a la siguiente entrega, mientras las noticias nos informan de un mundo en transición y buscamos con brújula dónde colocar nuestro último destello de razón.


fernandofsanchez@gmail.com

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