La venganza familiar

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Si Chapultepec iba a convertirse en el cerro fundacional de los mexicas, debía ser ritualmente consagrado, como leímos la semana pasada.

Entonces entró Copil en escena, reviviendo una rencilla familiar que amenazaba con terminar, por medio de la magia y de la guerra, la historia entera de los hijos de Meztli.

Copil era hijo de Malinalxóchitl, ‘planta de malinali’, hermana de Huitzilopochtli. 

Fue abandonada por su pueblo antes de llegar a Coatepec, el cerro de la serpiente, donde los mexicas construyeron una laguna.

Cuenta fray Diego Durán que Malinalxóchitl había sido muy hermosa e inteligente.

Pero su inclinación era la magia y la hechicería, como aquellos mimixcoas que habían sido sacrificados en el desierto del norte.

Controlaba a las víboras y a los alacranes, a los ciempiés y las arañas, para que mataran a aquellos que la contradijeran.

Huitzilopochtli se manifestó a los sacerdotes y en sueños les dijo que esperaran a que ella se durmiera y que, estando los demás en vela, la dejaran a su suerte y continuaran la peregrinación.

El destino de su pueblo no era hechizar a las naciones, sino enaltecerse por ánimo y valentía del corazón.

Por medio de la guerra, los mexicas se alzarían hasta las nubes. Serían señores del oro, de la plata y de todo género de metales; de las plumas finas de diversos colores y de las piedras preciosas.

Edificarían casas y un templo de esmeraldas y rubíes, donde abundaría el cacao y las mantas coloridas.

Y así, los mexicas caminaron en silencio bajo las estrellas de la noche, dejando dormida a Malinalxóchitl, rodeada de todos sus sirvientes.

A la mañana siguiente, Malinalxóchitl despertó y descubrió que estaba sola. Llorando de dolor, maldijo a su hermano y a toda su prole.

Tomó consejo de su séquito y ordenó que fueran a vivir a una región que, tiempo después, llamarían Malinalco, en honor a ella.

Según Durán, desde entonces la gente de esa ciudad practica la hechicería y se llaman brujos a sí mismos.

El tiempo pasó y Malinalxóchitl tuvo un hijo, a quien le enseñó el arte de la hechicería.

Le contó la traición de su tío Huitzilopochtli. Le hizo sentir su indignación por el abandono y el desprecio.

El hijo, con ira en su corazón y conmovido por las lágrimas de su madre, prometió que buscaría a su tío. Y por medio de su poder y de sus mañas, lo destruiría a él y a todo su pueblo.

La madre, al ver la determinación de su hijo, no quiso persuadirlo de lo contrario. Le confirmó que esa era su misma voluntad.

Llegado el momento, Malinalxóchitl despidió a su hijo, quien ya había ideado el plan de convencer a los otros reinos de aniquilar a los mexicas, tal como él y su madre lo deseaban.

Huitzilopochtli y su pueblo apenas habían llegado a Chapultepec.

Copil —así se llamaba ese hijo ofendido—, al oír la noticia, empezó a viajar de señorío en señorío, y habló a los corazones en contra de la generación mexica.

Describió a los mexicas como hombres perniciosos y belicosos, tiranos y de malas y perversas costumbres.

Decía tener él mismo conocimiento de ellos, pues los conocía personalmente.

Los pueblos se asombraron al escuchar, y al fin temieron admitir a semejante gente en el valle.

De inmediato, determinaron atacarlos. Convocaron a los ejércitos de Azcapotzalco y Tacuba, de Coyoacán y Xochimilco, de Culhuacán y Chalco, para que todos —en alianza— los cercasen y les dieran muerte.

No dejarían a nadie con vida.

¿Consumará el hijo Copil su mágica venganza? ¿Impedirá que los mexicas funden por fin su señorío en la tierra prometida por su dios? Lo sabremos en la siguiente entrega.

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