Las estrellas que bebieron sotol

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

La semana pasada conocimos el rostro de Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra. 

Hoy entraremos al mito de los cuatrocientos mimixcoas que fundaron la identidad guerrera mexica en su camino del norte al sur.

Cuenta el Códice Chimalpopoca que en el año 1 tecpatl, Chalchiuhtlicue, ‘La de la falda de jade’, engendró a los cuatrocientos mimixcoas.

El nombre de Chalchiuhtlicue significa ‘diosa de las aguas dulces (los ríos, los lagos, las corrientes) y de los nacimientos’.

Su color verduzco proyecta la abundancia de la vida vegetal, fluyendo, desde el interior del agua.

De ella salen ‘las serpientes de nube’, la infinidad de estrellas en el hemisferio norte que atraviesan el cielo como un arco neblinoso, la vía láctea brillando en la oscuridad del desierto.

Entonces el Sol mandó llamar a los cuatrocientos mimixcoas. Les dijo:

—He aquí que me darán de comer y de beber.

El Sol les entregó también escudos y flechas de una belleza sagrada.

No eran armas comunes, sino piezas preciosas cuyos astiles estaban revestidos con un mosaico de plumajes: el verde del quetzal, la blancura de la garza y el pardo flameado del halcón.

Lucían también los matices rosados y rojos encendidos de espátulas o aves de fuego, coronadas todas por el azul turquesa de la continga azulejo.

Eran manifestaciones aéreas del Mundo Flor, que elevaban plegarias al Sol.

Y el Sol asimismo les dijo:

—Su madre es Tlaltecuhtli.

Ella era la Señora de la Tierra, que Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, transformados en serpientes, habían partido por la mitad para crear con una parte el cielo y, con la otra, la tierra.

Para consolarla por este gran dolor, se estableció que de ella nacerían todas las plantas necesarias para sostener la vida humana.

Su cabello se volvió hierba, su piel flores, sus ojos pozos de agua.

No obstante, a cambio ella exigiría el alimento de los corazones humanos.

Tlaltecuhtli suele aparecer en la base de las esculturas, agachada en una posición de parto, pero con garras en las articulaciones y una boca llena de colmillos, símbolo de que la tierra es simultáneamente tumba y útero.

El Sol había encomendado a los cuatrocientos mimixcoa la misión sagrada de cuidar con sus armas el orden de la Tierra y la continuidad del Sol.

Pero ellos no realizaron su deber. Se divirtieron, flechando aves, dando nombre a la región: Totómitl (flecha de ave).

Cazaron jaguares, sin ofrecerlos al Sol. Se untaron miel y se cubrieron de plumas.

Vestidos de color, emplumados con el ropaje divino, como una banalización del sacerdote-chamán —el teixiptla que vimos la semana pasada— se tendieron a descansar.

Y no fue todo: se acostaron con mujeres y bebieron sotol. Tomaron hasta quedar enteramente beodos.

¿Qué iba a hacer el Sol ante tal sacrilegio? ¿Cómo iba a castigar la soberbia de los que usaron sus divinos dones como juguetes de placer?

Continuemos esta historia en la siguiente entrega.

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