Las metamorfosis: el amor entre Orfeo y Eurídice

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Al terminar la ceremonia de su boda, la esposa caminó sobre la hierba en compañía de las náyades, feliz y clamorosa, cuando una serpiente la mordió en el tobillo y de inmediato murió. 

Su nombre era Eurídice.

Orfeo, su esposo, llenó el aire de lamentos y tomó una antorcha. Cegado por oscuros vapores, bajó al estigio por la puerta del Ténaro.

Avanzando entre el agua y las imágenes sin sustancia de los muertos enterrados allí, buscó a Proserpina y al señor del reino despreciado de las sombras. 

Pulsando las cuerdas de su lira, cantó:

“Gobernantes del reino subterráneo, a los que temen todos los mortales. 

Deseo expresar una verdad simple: he venido por mi esposa, a quien mordió una serpiente en el talón, robándole la juventud con su veneno.

”Les suplico que rehagan el destino interrumpido de mi amada Eurídice. Ya sé que les debemos todo y que, tarde o temprano, les rendiremos cuentas aquí, en nuestro último hogar. 

Ella volverá a ustedes cuando viva su porción de años naturalmente.

”Les ruego que restituyan su vida como un préstamo. Si niegan esta petición, no volveré a la superficie. Me quedaré aquí para que sea suya la muerte de los dos”.

Entonces las viejas sombras sin sangre empezaron a llorar. Tántalo no buscó agua para beber; la rueda de Oxión quedó inmóvil. 

Las aves dejaron de rasgar el hígado de Ticio y las Belides pusieron las urnas en el suelo. Incluso Sísifo se postró en su piedra. 

Las Furias, conmovidas por el canto de Orfeo, mojaron con lágrimas sus mejillas por primera vez.

Así, ni Proserpina ni el señor de la oscuridad fueron capaces de negar la petición.

De modo que llamaron a Eurídice, quien desde las sombras recién llegadas caminó hacia los dos, lentamente, cojeando por la herida en el talón.

Orfeo la recibió, aunque le dieron una advertencia: “No vuelvas la cabeza hasta salir del Valle del Averno o perderás esta única oportunidad”.

El camino era escabroso, amenazado de un silencio atronador: una cuesta inclinada, una pendiente oscura envuelta en una niebla densa.

Se acercaban al borde superior, muy cerca de la superficie, cuando el amante, temeroso por su esposa y ansioso de verla, tornó la mirada hacia atrás. 

Entonces Eurídice cayó de inmediato, extendiendo los brazos para sujetar a Orfeo o para que él pudiera sujetarla. 

Pero cayó presa del terror cuando sus manos no asieron más que el aire.

Muerta una vez más, no expresó ningún reproche, pues su esposo solo la había amado.

Pronunció su último adiós, que él apenas escuchó, y se hundió en el remolino, volviendo para siempre al reino de las sombras.

*Traducción y selección personal de “Metamorphoses”: Ovidio (Hackett; trad. Stanley Lombardo).


fernandofsanchez@gmail.com

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