Pero Kino perseguía la eternidad. Había deseado ir a China, y cuando le fue negada la partida supo que iría a la otra empresa de evangelización del imperio, América.
Hubiera preferido unirse a sus compañeros alemanes que iban a la Nueva Granada y al Paraguay.
En un nuevo intento de cambiar su destino, como en una historia de jugadores de póker, Kino y su compañero de cuatro años, Anthony Kerschpamer, quien había sido asignado a China, hicieron un sorteo.
Pero Kino sacó el papel que decía “México”, y Anthony el que decía “Oriente”.
Ya había aprendido español y portugués mientras esperaba en Sevilla. En los colegios jesuitas, dio clases de matemáticas y organizó talleres para construir instrumentos científicos para las misiones.
En lo alto de los cielos nítidos del sur de España, Kino observó la aparición del cometa. Era su tercer invierno en la península.
Los jesuitas especularon sobre el significado del fenómeno comético.
Kino dijo que era un signo aciago, y que eso explicaba, por ejemplo, la pestilencia que reinaba en la ciudad.
Entonces llegó noticia de que debía partir a Cádiz. Allí se estaba dando forma a una armada que llevaría al Virrey del Perú a su puesto.
El jesuita podría abordar un pequeño barco que trasportaba el correo. En el camino, la embarcación dejaría el convoy y tomaría curso hacia a la Habana, y de allí zarparía al puerto de Veracruz.
Llegó a México el 1ero de mayo de 1681, después de 96 días de viaje marítimo.
No se sabe qué pensó Kino al llegar a puerto mexicano, ya que las cartas y los registros de aquel viaje se perdieron.
Es muy probable que Kino sintió el calor y la humedad del puerto de Veracruz, y que se asombró luego frente a los volcanes cerca de la Ciudad de México. Es posible que allí supo que su destino iba a ser el desierto, un territorio agreste y plano como una mano abierta.
Increíblemente corrieron rumores que podría ser reasignado a China e inclusive a las Filipinas, pero el almirante Isidoro de Atondo y Antillón, Gobernador de Sinaloa y las Californias, requirió los servicios de Kino para la expedición al Mar de Cortés.
El nuevo Virrey mexicano, el Conde de Paredes, insistía en enviar a Atondo para establecer colonias en el noroeste mexicano.
Rondaba en la memoria la insurrección de los indios Pueblo en Nuevo México y la posibilidad para las nuevas expediciones incluía ser blanco de guerra de los naturales y/o perecer ante el medio geográfico, como también les había ocurrido a los antecesores expedicionarios desde los tiempos de Hernán Cortés.
Kino fue nombrado Rector de la misión y Cartógrafo Real de las Californias, un hermoso título al que el padre honró al confirmar, más tarde, que las Bajas Californias no eran una isla sino una península.
Estuvo en la Ciudad de México por seis meses, donde le dio una lección a un jesuita expulsado de la Compañía de Jesús y también cartógrafo y profesor de matemáticas.
Los dos habían visto el mismo pájaro brillante en el cielo y Kino quiso demostrarle al mexicano que el dogma prevalece a cualquier experiencia individual o colectiva.
¿Cómo iba a dudar Kino del significado trascendente de las cosas si él mismo iba a despertar en otros la fe en el evangelio?
El tiempo es eterno porque el dogma nunca cambia, y él ya había entrado en esa eternidad.
Así que partió de la Ciudad de México rumbo a Guadalajara y de allí se unió a la expedición en Nío, Sinaloa, para luego hacer mapas de la costa y de las montañas del interior.
Ese sería el escenario de su verdadera misión. Primero vería con los ojos de cartógrafo el territorio desierto de cristiandad, y más tarde buscaría conocer a los que allí vivían.
De acuerdo con su visión mística, estaba dispuesto a traerlos hacia sí para que se fundieran con las creencias de su espíritu.