Sobre el cerro de la serpiente

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Los mexicas vieron en Tula una ciudad ritualmente cancelada: chac mools decapitados, atlantes bajo tierra, el Palacio Quemado. Allí, en la forma de la serpiente, entendieron que la destrucción podía ser un nuevo inicio.

La piedra reveló la dirección del tiempo, como el mito revelaba la historia.

Así fue el recorrido de los hijos de Meztli, y volvería a ocurrir en el cerro de Coatepec, a 17 kilómetros de Tula, por medio de la luz y la serpiente.

Paradójicamente, fue por medio de una guerra en contra de sí mismos, tal como había sucedido en el norte alrededor del mezquite, de acuerdo con el mito de los cuatrocientos mimixcoas.

Esa batalla se encuentra cifrada en otro mito: el nacimiento de Huitzilopochtli, que registró fray Bernardino de Sahagún en el “Códice Florentino”.

El mito narra la rebelión de Coyolxauhqui y sus hermanos, los centzonhuitznáhuah o las cuatrocientas estrellas del sur.

Aquí encontramos una simetría temática y numérica con el relato de los cuatrocientos mimixcoas. La diferencia es que este mito se desarrolla en la región del sur.

Esta simetría abarca también el origen maternal: en el mito norteño, el Sol les dice a los mimixcoas que su madre es Tlaltecuhtli, la Señora de la Tierra, quien —al ser partida a la mitad— había formado el cielo y la tierra.

En el mito sureño, la madre es Coatlicue, ‘La de la falda de serpientes’, deidad primordial de la tierra que otorga la fuerza de la vida y, al mismo tiempo, la consume.

Coatlicue hacía penitencia en el cerro de Coatepec y barría la sierra.

Las escobas representan un artefacto de tecnología ritual. Eran hechas de zacate malinalli (cabello de la tierra), una manifestación de la energía sagrada del Mundo Flor, el Teotl.

Cuando Coatlicue está barriendo, en realidad está peinando y ordenando la superficie del mundo.

Desplaza el tlazolli, es decir, el desorden, la suciedad y la entropía.

En ese instante desciende del cielo una esfera de plumas preciosas: el tonalli o energía solar pura.

Esta entidad anímica fecunda a Coatlicue y da ser a Huitzilopochtli.

Pero Coyolxauhqui y sus cuatrocientos hermanos entienden el hecho como una afrenta, y deciden matar a su madre y al hijo que lleva en las entrañas.

Encabezados por la diosa lunar, marchan hacia el cerro, con los cabellos retorcidos.

No obstante, en el momento del ataque, Huitzilopochtli nace adulto y armado. Sujeta una rodela, un lanzadardos y un báculo serpentino, el Xiuhcoatl.

Ataca a Coyolxauhqui y la degüella. La diosa muere hecha pedazos. Las estrellas del sur, como en una mañana, desaparecen.

Huitzilopochtli lleva el rostro pintado de azul —el cielo diurno— y en la cabeza porta un penacho de plumas.

La pierna izquierda está plumada —como colibrí—, mientras que los muslos y los brazos están pintados de azul.

Este atuendo codifica su naturaleza dual: guerrero solar (azul celeste) y colibrí (plumas), ave del Mundo Flor.

Coincide con el atuendo que portaba el sacerdote-chamán cuando canalizaba, en su trance ritual, esa fuerza del Teotl llamada Huitzilopochtli.

Y ese es precisamente el dato que nos regresa al mundo de lo real.

Pues la batalla que Sahagún nos narra en el ámbito divino, la encontramos también en el plano histórico.

¿Por qué pelearon contra sí? ¿Era Coyolxauhqui también un ser humano, como lo había sido Huitzilopochtli?

Esta historia la narra otro fray, Diego Durán, con increíbles detalles, tal como veremos en la siguiente entrega.

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